Caída nocturna


Por: Maritza Palma Lozano. Edición por: Katherine Martínez

A veces sentada fijamente frente al obsoleto horizonte invisible que me separa de las pupilas de tus ojos, veo la noche caer.

 

Francamente no es muy cruel, para consuelo y asombro resulta ser un adiós tierno, ese que cada vez mirando hacia el firmamento me permite divisar la sombra de aquel fantasma que sin haber llegado, una noche como esta, empiezo a extrañar.

Aún sigo mirando, vislumbrando, pensando cada vez sin menos razonar, al parecer mientras cae la noche yo caeré con ella, ojalá fuera sobre ella, ojalá fuera al menos sobre ti. De cualquier manera ambas caemos, la noche y yo, y quizá también la noche y tú.

Pasa el aire crepitando cerca y lejos, arrastrando las penas más allá del cielo, obligándolas a caer y así cayendo con ellas y como ellas estoy cada vez más liviana, más etérea, más absurda, más lejana y más ausente, y pareciera que el cielo y yo nos aproximamos un poco con la sensatez de los locos, con el afán de los niños y con la ingenuidad del anciano, y de pronto el cuerpo ya no es cuerpo y el alma invade un poco más el espacio que antes solo ocupaban los suspiros, aquellos que con gran facilidad han salido al ver la noche caer.

Y sigue el abnegado cielo acercándose a mi ceguera, envolviéndome con su luz, acogiéndome como el mar acoge un pez, un pez cansado de volar, y pasa y pasa el respiro de la noche y susurra a mis oídos un lejano desplomar de un encuentro más que tal vez termine en quizá, porque mientras cae la noche mi corazón apenas comienza a dejar de palpitar.

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