Vivir es soñar un poco.


 Por: Diana Carolina Grisales Botero. Edición por: Laura Beltrán

Don Dilberto vive envuelto en dos realidades, ambas existen, pero una de ellas solamente en su cabeza. “Frecuentemente en la semana me pide que lo deje salir solo, o que llamemos al hijo o a la esposa porque quiere hablar con ellos”. Esto lo hace porque se siente solo, porque es un hombre que extraña lo querido.

 

Era una mañana soleada de martes. Mientras esperaba que Don Dilberto llegara, disfrutaba de los suaves rayos de sol que se filtraban por las ventanas de la oficina principal del hogar San José. Era un día tranquilo, olía a fruta, a seguridad.

A lo lejos se escuchaban las oraciones de varias señoras que se encontraban congregadas en la capilla del hogar, repetían frases en coro, como esperando que esa voz que parecía una sola, llegara pronto a los oídos del cielo.

Don Dilberto llegó a los pocos minutos. Caminamos juntos desde la oficina a una salita de visitas que parecía de casa de abuela, llena de asientos, como esas que esperan recibir familias enteras.Nos sentamos el uno al lado del otro, creando una atmósfera familiar y cómoda; empezamos a conversar con una complicidad como si nos conociéramos desde hace tiempo.

Cuando pienso en esos años que pasé recorriendo Colombia, llevando cargas de una región a otra, siento una mezcla de alegría, orgullo y un poco de nostalgia. Fueron muchos los días en los que me montaba al camión en la mañana y no sabía a qué hora culminaría la jornada, pero disfrutaba mucho cumpliendo con mis tareas, así fuera haciendo los viajes solo o con los dueños de la mercancía que a veces viajaban conmigo.

Yo trabajaba duro, transportando alimentos y algunas otras cosas. Cuando llevaba esa vida conocí a Ligia; mi esposa, nos casamos cuando teníamos veintiocho años. Éramos felices.De todo ese esfuerzo fui haciendo unos ahorros hasta que pude comprarme mi primer camión. Fue una felicidad muy grande y eso también me dio la oportunidad de dedicarme a otras cosas y de estar más en mi casa, con mi esposa que para la época era profesora.

Nosotros somos del Huila, vivíamos allá en una casa con los seis hijos, fue lindo verlos crecer, pero poco a poco cada uno se fue abriendo su propio camino. Todo lo que tuve se fue en la preparación intelectual de mis hijos; actualmente son profesionales muy exitosos. Algunos viven incluso fuera del país.

Como en la región hay a menudo mucho turismo, paralelamente al negocio de los camiones, (porque después de poner a producir el primero me pude ir comprando varios), me puse a trabajar con el Centro Cultural de Neiva; transportaba a los turistas que venían con ganas de conocer el país, los llevaba al desierto de la Tatacoa, a los pueblitos cercanos y sobre todo a San Agustín, el lugar más bello de Colombia para mi, por su gente, su música y sus costumbres.

Son muchos los bonitos recuerdos que tengo de esa época. Los extranjeros eran personas muy amables, yo los llevaba al restaurante y ellos me pagaban todo; las mujeres eran muy simpáticas y era muy gracioso que la mayoría venían con ganas de fumar marihuana; yo no es que estuviera muy de acuerdo pero uno respetaba; una vez me hicieron probar esa vaina y casi me muero. Ahora que lo pienso me da risa, pero en el momento fue la presión lo que me indujo a hacerlo y la verdad es que no lo disfruté; no sé si eso sea algo positivo o negativo.

Cuestión  de galantería.

Dueño de un especial don de gentes, Dilberto es acogido de manera distinta por  hombres y mujeres compañeros de asilo. Los hombres lo encuentran bastante interesante, culto y buen conversador. Pero las mujeres, la mayoría de las veces, malinterpretan su amabilidad y sus buenas maneras, las confunden con coquetería y evitan por esto, todo trato con él.

Todos los recorridos que hice durante mi vida laboral me llenaron la cabeza y el corazón de recuerdos muy gratos. Con la platica que ahorré a punta de trabajo, lucha y esfuerzo, pude darles educación a mis hijos y cuando me retiré del oficio del transporte, me compré dos casas en Neiva, donde quería pasar con mi esposa los últimos años.

Yo decidí venir a Pereira porque me gusta la ciudad y para darme un respiro del Huila. Ahora, después del tiempo que he pasado acá, me doy cuenta que es allí en mi región donde quiero vivir, cerca de mis afectos. Sobre todo de mis nietos que son la alegría de mi vida. También me gustaría aprovechar e ir a visitar a una hermana que tengo en Cartagena, darme unas vacaciones, ver otros panoramas.

A juzgar por la versión de Melba Inés Duque, gerontóloga del lugar, ésta visión no deja de ser una ilusión.

Don Dilberto vive envuelto en dos realidades, ambas existen, pero una de ellas solamente en su cabeza. Frecuentemente en la semana me pide que lo deje salir solo, o que llamemos al hijo o a la esposa porque quiere hablar con ellos. Esto lo hace porque se siente solo, porque es un hombre que extraña lo querido.

La familia de Don Dilberto, en vista de no tener ni la disposición ni el tiempo para ocuparse de él, decidió ponerse a la tarea de encontrarle un nuevo hogar en una de las ciudades donde tenían negocios. Allí es cuando encontraron el Asilo San José, un centro de bienestar de ancianos fundado hace 80 años, donde conviven 60 mujeres y 59 hombres de diferentes edades y niveles sociales.Todos, incluida su esposa, continuaron con su vida en Neiva, en Bogotá y en el exterior, no dejando ningún espacio para éste hombre que todos los días sueña con volverlos a ver. Después de tantos años vividos intensamente, tantos paisajes que han visto sus ojos y el sin fin de canciones que han escuchado sus oídos y bailado sus pies, su vida actual transcurre entre su cuarto y las salitas del Hogar San José. Pasa los días caminando por los corredores, durmiendo siestas, comiendo frutas y relatando historias que le ayudan a mantener vivos sus recuerdos más preciados. Sostiene la esperanza de algún día volver a su hogar, para encontrarse al fin entre los brazos que anhela, disfrutando del brillo de esas sonrisas que añora, gozando de la compañía que tanto necesita.

Todo porque al fin de cuentas, vivir también es soñar un poco.

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