Filandia, del terror al bolsillo


Por: Andrés López. Edición por: Angie Daniela Valencia

Locales con letreros tallados en madera, colores vibrantes adornando las puertas tradicionales, extranjeros tomando café en el barsito de la esquina, el parque central con tiernos abuelitos sentados en las bancas. Solo les falta un cafecito. Así luce la Finlandia que hoy por hoy todavía enamora a turistas y colombianos de todas partes del país que deciden visitar ese bello pueblito.

Siendo las 9:20 de la mañana, hora de desayuno colombiano, llego al parque del pueblo, y ahí, justo en el centro de la belleza arquitectónica que poseen sus calles y barrios, me decido a admirar por algunos minutos lo que pasa a mí alrededor. Después de mi leve observación, me intriga saber cómo este lugar ha crecido comercialmente, que por cierto tiene la fama de ser acogedor.

Resulta que visitando algunos locales, me encontré con la particular Miscelánea Glovic, casualmente está en la zona más comercial, es más grande de lo que uno logra imaginarse, de entrada se ve pequeña; dos puertas medianas que se abren desde las 8 de la mañana y que se cierran a las 9 de la noche por si alguien no alcanzó a comprar, varias vitrinas de dos metros y estanterías de unos cuantos metros más, sin olvidar las chicas que trabajan allí, humildes como ellas solas.

Cuando llegué a preguntar por la dueña del chuzo, amablemente me respondieron que esperara un momento mientras venía de hacer una vuelta, cuando llegó me miró algo raro, pues era normal, reconoció mi cara de quererla entrevistar, después de unos minutos de romper el tedioso hielo, me invitó a tomar algo en la cafetería que queda al lado de su negocio.

Hablamos menos de una hora, pero fue productiva la conversación, porque mientras yo disfrutaba de mi cafesito con leche, Doña Gloria me decía algo que me dejaría pasmado.

“A principios del año 99 cuando el terremoto, hubo algo muy especial, porque antes nos habían comentado que este pueblo era muy muerto, que no había quien surtiera, quien trajera las cosas que se necesitaban”, entonces a raíz de que Armenia estaba pasando por un momento crítico, en palabras de Gloria: “Fue total destrucción”, además de esto, los filandeños no tenían la costumbre de viajar a Pereira, que se veía como la gran ciudad, por ello confiaron en la buena fe de ella y diciéndole: “¿será que usted me trae tal cosita?”.

Pero no desde siempre la miscelánea ha contado con la suerte de tener un lugar de 122 metros cuadrados y estar sobrevaluado en más de 120 millones de pesos, porque antes sólo era un simple cuartico de casa, con unas cuerdas de lado a lado en el que exhibían los chécheres y pagaban un arriendo que no era la gran cosa.

El terremoto que azotó al eje cafetero, fue un día muy tenebroso porque nunca nadie lo borrará de su mente, como le pasó a Daniela Pérez, una joven de 21 años que trabaja en un café más bien lujoso, también ubicado a un costado del parque, ella cuenta, mientras sirve tintos y pandebonos a sus clientes, detalles de esa tarde del 25 de enero.

Ella, pequeña e inofensiva, tenía 6 años no más, se encontraba en la casa con su mamá, específicamente en la cocina, por la hora de almuerzo, cuando “Se sintió un ruido súper fuerte, muy muy fuerte”, así describe cómo sonaba el terremoto, aunque ella al igual que su madre, no sabían qué era, cuando de repente todo se empezó a mover hacia los lados, se cayeron los platos, los pocillos, todo.

“Cuando mi mamá me cogió como si yo fuera una maletica debajo del brazo y salió corriendo conmigo como una loca por la casa”, porque la cocina queda retirada de la puerta que da a la calle, “Cuando llegamos la puerta ya por el movimiento se nos cerró y no nos quería abrir” su madre muy angustiada gritaba y gritaba hasta que en un momento dado, se abrió la puerta y pudieron salir, quizás en el cielo escucharon sus gritos. Hasta que todo quedó en calma y ya se empezaron a ver los daños.
Ya llegando la hora del almuerzo, regresé a la tienda de Doña Gloria, a preguntarle dónde podría encontrar más personas que actualmente tuvieran un local, su mirada cambió un poco de sonriente a pensativa y es que justamente, pensó en su competencia.

Mientras caminábamos varias cuadras hacia la casa de Doña Teresita, como le conocen popularmente, me preguntó: “¿Y usted dónde va almorzar?”, sin pensarlo dos veces le dije que no sabía y me dijo “quédese, almuerce en mi casa, es sudao de papa y luego sigue con su trabajo”, me alegró el día con esa respuesta.

Cuando llegamos a la casa de Doña Teresita, que ahora con 62 años de edad tiene programada más de tres cirugías, la primera operación será en la matriz, la vejiga y el colón, todas en un mismo día y la segunda un cambio de cadera por causa de la artrosis, todo esto por el continuo degaste que tuvo desde sus 16 años cuando empezó a coser para el cuerpo de bomberos del pueblo, para los colegios y a hacer vestidos por encargo.

Teresita, prácticamente se echaba al hombro cuanto trabajo le llegara: “Una vez me tocó amanecerme a mí, con un velorio de velas, así en redondo, terminando un vestido pa’ primera comunión, a las 7 lo terminé y las 7 llegó la señora con la niña ya peinada y todo, pa’ vestirla en mi casa”, claramente el tiempo que le dedicaba a coser era demasiado y es que darle estudio a dos hijos no era nada fácil en ese tiempo, por eso ella luchaba para que no les faltara nada.

Cada momento que hablaba acerca de cómo afrontó sus años de excelentes ventas, su voz gangosa me fue conmoviendo, inclusive las preguntas que tenía pensadas las dejé a un lado, porque a pesar de su complicado estado de salud, hizo lo posible por contarme detalles de su vida como comerciante. Todo producto que fuera traído de Pereira (conocida como la gran ciudad) era vendido rápidamente, porque Filandia estaba acogiendo a cientos de personas provenientes de Armenia que se quedaron sin un techo donde vivir.

Al terminar la charla que duró más de una hora, me despedí de su hija y por supuesto de Doña Teresita, que sin ningún reparo me habían permitido entrar a su humilde casa.
Yo sentía que algo me faltaba, que habían cosas en el aire que todavía necesitaba saber, quizás fue por eso que en mi mente rondaba la idea de saber más de la creciente población que tuvo Filandia. Caminé unas cuadras dirigiéndome hacia el parque, bajo ese sol un tanto ardiente, que ya me hacía buscar sombra.

Estando cerca al parque, recordé que la hija de Doña Teresita antes de irme, me había señalado desde la venta del segundo piso, a Héctor Fabio, el actual Alcalde, mientras él pasaba por la calle charlando con un señor y a su lado, como un cuervo, estaba el policía. A Héctor se le notaba por encima que la ropa que usaba no era comprada en un remate, que por cierto Ángela me comentaba a modo de burla algo acerca de él: “Es todo farándula, muy gomelito, no se las cree”.

Al verlo pasar por un costado del parque, decidí arriesgarme a hablarle, a decir verdad no fue tan complicado como yo imaginaba, solo tuve que pedirle permiso al policía que hacía las veces de escolta las 24 horas del día, no lo dejaba solo ningún momento.

Filandia, sufrió más que todo en la parte social, porque se convirtió en el referente de más de uno de los municipios donde tuvieron el colapso la edificaciones, se fueron a alojar en el municipio, ampliando la población, lastimosamente no se tenía la oferta necesaria para suplir esas necesidades de hospedaje o de habitaciones, lo que fue ocasionando que en una casa vivieran hasta 3 familias enteras, ya en la sala se acomodaban de a 5 o 6 personas y con el paso de los días los insumos se fueron agotando.

Luego de llevar varios minutos hablando, Héctor trataba de hacer énfasis en algo especial que marcó radicalmente los meses siguientes después de la tragedia: “Parte de lo que fue la economía se incrementó un poco, porque como teníamos muchos familiares de ciudadanos de Filandia que residían en el exterior, se creó un desarrollo alterno que fueron las casas de cambio, entonces el giro aumentaba, a tal punto que se crearon 5 casas de cambio para una población de 15 mil habitantes”, curiosamente esa fue una “economía ficticia” porque este es el día en que no existe ninguna en funcionamiento, solo estaban mientras pasaba la crisis económica.

Finalizando la corta entrevista, hubo un apretón de manos y no perdí momento para preguntarle que si podíamos tomarnos un selfie (autofoto), él amablemente accedió y esa foto más allá de servirme como evidencia fue más bien para confirmar que el alcalde sí se ha ganado su famita.

Hoy en día, Doña Gloria y Doña Teresita, continúan abriendo desde muy temprano las puertas de sus negociones, quizás esperando un nuevo terremoto, para volver para vender más cositas.

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