Medicinas de la tierra para armonizar el cuerpo y el alma


Por: Johana Correa Giraldo

 

 La verdadera belleza habita en el alma, construyamos un puente para reconectarnos con ella y hablémosle para que se manifieste en nuestro mundo material.


La belleza se define como la característica de aquello que a través de una experiencia sensorial procura un sentimiento de placer; este sentimiento proviene de las manifestaciones de los sentidos (la visión, el gusto, el tacto, el olfato y el sonido). Tomás de Aquino define lo bello como todo aquello que agrada a la vista, si bien es cierto que la vista es un componente importante en la percepción de lo estético, no es por esto el único.

Nuestra sociedad no ha digerido sanamente el concepto de belleza pues esta se concibe como  un aspecto únicamente visual y los seres humanos estamos enfermando en esa búsqueda de perfección que solo parece ser perceptible a través de los ojos. Permitimos que la sociedad nos obligue a cumplir con unos estereotipos  que limitan las formas de la belleza, entonces terminamos siendo iguales unos a otros y es allí, en la homogeneidad donde se pierde el verdadero concepto de lo bello, que como en el arte se manifiesta desde la diversidad de la forma.  Cuando una obra de arte es igual a muchas otras pierde la magia de ser observada y en esto hemos convertido nuestra concepción de lo que es  bello. Hombres y mujeres luchan por repetirse unos a otros en su forma y se someten a transformaciones físicas para lograrlo, deterioran la salud del cuerpo y del alma y siguen sintiéndose inconformes. Las transformaciones físicas jamás serán una ayuda pues el problema de raíz radica en la insatisfacción interna y la carencia de amor propio, por lo tanto los cambios externos poco influirán en los sentimientos internos de odio y desprecio por sí mismo.

No es tiempo de culparnos por habernos traído hasta este punto, si bien es el proceso que nos ha tocado asumir, es hora de transformarlo. Los patrones estéticos no solo los imponen los medios, pues nosotros mismos desde nuestra cotidianidad estamos constantemente rechazando lo que a la vista parece “feo”. Elegimos la manzana más grande, verde, brillante y lisa, sin tener en cuenta que su contenido puede ser deficiente al compararlo con el de una manzana menos perfecta pero más real.

Los cánones de belleza han variado entre culturas y se transforman con el tiempo pero el sentir es el mismo; la belleza produce un placer que además de abarcar la totalidad de los sentidos, también nos conecta con todo un mundo intangible.  Entonces la belleza visible debe convertirse en una manifestación de la belleza que reside en el alma, es la materialización del equilibrio interior.

Esta búsqueda de la belleza ha hecho parte del ser humano desde sus inicios, por ello, es sano procurarla, sin embargo, la belleza implica todo un trabajo que no se resume en transformaciones externas, ni mucho menos implica un maltrato hacia el cuerpo y  el equilibrio interior. De esta manera, la belleza se entiende no como una finalidad, sino como un resultado inherente a los procesos de sanación del espíritu; es entonces algo que emana el alma y se manifiesta en la armonía del cuerpo.

 

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