El gato Martín y las estepas finlandesas


Por: Juan Moncada

Imagen tomada de: www.altocumulo.info

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Es un episodio más de la triste y monótona vida del gato Martín. Misántropo, desde que observó en la televisión cómo un turco degollaba a un serbio, insultándolo en su idioma, en el marco de la batalla de los mirlos. Esta clase de cosas no tenían sentido para el gato Martín; no que degollaran a un serbio, claro está, sino que él se preguntaba cuál era el sentido de putear a alguien si al fin y al cabo no entendía ni un ápice de las palabras de calibre peyorativo que tienen por objeto expresar lo hijo de puta que es el mundo, en especial el ser humano, con un gato, o mejor, con un gato como él, que soñaba vivir en las estepas finlandesas (lo más seguro es que existan) y odiaba a más no poder los fabricantes de alfombras persas del siglo XVII.

“Pues en vez de cascabel quisiera tener algo de nitroglicerina en mi collar, para acabarlos a todos, a todos, ya no los aguanto más…me han robado 6 vidas”, decía el gato Martín consciente de que su suerte estaba echada. Esperaba con ansias que Doña Marta, quien se hacía llamar su dueña, por equivocación, o a propósito, o por mera casualidad, pusiera algo de arsénico en su concentrado. Por ahí derechito se podría morir el perro Koke, quien tanto importunaba sus días hurtándole su comida y agarrando su cuello con sus fauces las cuales lo hacían parecer a un persa del siglo XVIII, más canallas estos aún que los del siglo inmediatamente anterior.

Y antes de reflexionar más en torno a la misma mierda sobre un gato que jamás le ha interesado que alguien escriba sobre él (se lo pensaría si se tratase de un autor de autoayuda), vale la pena decir que un ratón negro de manchas café, recién llegado de una alcantarilla, bien mojadito, estaba debajo de una mesa. El ratón descansaba, o eso le parecía al gato Martín, pues este humilde narrador no le es permitido conocer el sentir de las cosas externas al héroe principal.

Al gato Martín se le había olvidado cazar desde aquel día que casi mata un pajarillo rojo. Entonces, se sintió mal e intentó ahorcarse, pues jamás en su vida había estipulado sentirse mal, basándose en la ética aristotélica. Pero el gato Martín sufría hambre, su dueña, Doña Marta se quejaba no sé qué de la crisis y los impuestos como para seguir manteniendo a un condenado y desagradecido gato. El gato Martín a mucho honor era lo segundo, aunque bien es cierto que estaba condenado si no cazaba rápido a la rata “alcantarillesca”, además, esta se estaba secando.

Nuestro héroe se agazapó, empezó a mover la cola como su madre sin mucho éxito le enseñó. Se sentía un tigre, en especial, cuando dio el primer y último salto. Su cascabel sonó. La rata se asustó y se fue. El gato Martín tenía hambre, el mínimo no sube (esto afecta a quien se hace llamar su dueña) y la salud (la suya) es cada vez más un asco.

El gato Martín no sabe qué es la tristeza. El vivir siempre en ella le impidió reflexionar en torno a tal concepto y definirlo. “Ojalá en las estepas finlandesas -si es que existen- no haya más cascabeles y haya muchas, muchísimas ratas alcantarillescas, bien ricas, bien mojaditas, preferiblemente enfermas”, se dijo mientras pasaba por uno de sus habituales momentos optimistas. Tenía ganas una vez más de conquistar el mundo, con hambre y todo, después, claro está, de su siesta.

Texto tomado: http://www.traslacoladelarata.com/2013/01/14/el-gato-martin-y-las-estepas-finlandesas/

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