Un 13 de sobremesa


José Asunción Silva vivió sus últimos años en la casa número trece de la actual calle 12c del barrio La Candelaria, en la ciudad de Bogotá. Actualmente esta casa es una institución para el fomento de la poesía en el país.

un 13 de sobremesas

 

Después del pasillo una puerta estaba abierta a mano izquierda y dejaba ver algunas mesas de madera, al fondo, en cambio, pasando la puerta que daba hacia la calle se veía una pequeña habitación, una lápida incrustada al lado derecho del marco de la puerta citaba “En esta habitación murió José Asunción Silva el día 24 de mayo de 1896”

 Las mesas de aquella sala a mano izquierda eran de un marrón oscuro y dejaban ver garabatos tallados, nombres de personas, intentos de versos que se perdían entre otros rayones, corazones flechados. Ella, de pelo corto y un suéter azul bondi cuello de tortuga, estaba organizando algunos libros, los sacaba de la estantería y los organizaba en la mesa, parecía una biblioteca. Una biblioteca, una librería y una fonoteca; todo en la misma casa, en La Casa.

 El barrio es poético, el frío de los cerros orientales baja junto a la neblina, las calles están hechas de adoquines, las casas rústicas de grandes portones y ventanas con postigones enrejados. La Casa de Poesía Silva trae una fachada de un rojo granate, un poco golpeada por el frío de la capital colombiana, las ventanas hacen juego con beige luminoso y el marco de la puerta de un verde pino que lleva por encima un número trece, el que dicen es de mala suerte.

El libro titula Poesía Completa de Sobremesa, el autor: Fernando Charry Lara; la vida: la de El Poeta. Su prosa y sus palabras describen a Bogotá, la capital colombiana, describen El Barrio, bajo los pies de Monserrate y Guadalupe; el barrio guardián a 2.630 metros de altura. Pero no es la misma Bogotá de ahora, no es aquella ciudad cosmopolita, no es la Bogotá del tráfico pesado a las 12 del medio día, no. Es la Bogotá de José Asunción Silva. Asimismo, la describe encerrada entre tonalidades vivas y oscuras, con montañas distantes, pero definidas; preocupaciones mundanas y certezas individuales. Se apropia de una Bogotá vista desde la mirada de un poeta de la vida, de su poema de la vida.

En aquel entonces, en el año de 1865, entre los ríos San Francisco y San Agustín nacería en el seno de una típica familia bogotana, entre finas lloviznas, casas coloniales de una sola planta y numerosas iglesias, quien unas décadas después se convertiría en uno de los principales poetas colombianos, para dejar huella y legado en el país del sagrado corazón.

José Asunción Silva, conocido por sus compañeros de escuela como ‘el niño bonito’, heredó su nombre gracias a su abuelo, uno de los primeros comerciantes del país, y un personaje muy determinante en su vida. Alfonso, Inés, Guillermo, Julia y Elvira, Elvira sería la supuesta protagonista de miles de poemas y del resto de su vida. Su musa y alma más cercana. José Asunción era el mayor.

Desde muy pequeño se atrevía a enfrentar al mundo desde las maravillas de sus palabras:  “Esos árboles tienen mi edad y han de vivir mucho más años que yo”, decía el pequeño poeta unos cuantos años después de llegar al mundo, así lo plasma Fernando Charry Lara en su introducción a la vida del poeta. Creció en la cuna de una de las primeras familias comerciantes del país. Sus abuelos, eran dueños de la entonces llamada hacienda “Hatogrande”, en aquel lugar moriría próximamente su abuelo debido a un asalto inesperado. A los nueve años creó su sello personal, compuesto por una A y una S, que rondan por toda la casa e incluso, fuera de ella, en la calle, por donde pasan y pasan las vidas, las personas, los automóviles está la A y S, haciendo honor al poeta en la calle María Mercedes Carranza.casa era lugar de la esencia de la literatura y el periodismo, fue así como su pasión poética tomaba forma. A pesar de los tantos rodeos por los cambios de colegio, la pobreza del negocio familiar, las movidas de casa, y sus viajes fuera del país, en 1891 su vida se frenaba letalmente por la muerte de su hermana Elvira Silva, con el corazón destrozado, y de paso con el almacén, que ahora manejaba, casi que en banca rota, semanas después, entre tanto desasosiego, da vida a su poema más famoso “El Nocturno”.

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Casa de Poesía Silva

Casa de Poesía Silva

Su apariencia permanece con los años, describe Emilio Cuervo Márquez en esta misma introducción a la vida de Silva, a un tipo de “ojos negros y luminosos, nariz aquilina, tez pálida, boca bien dibujada, bigote y barbas negras y sedosas. Vestía de negro y calzaba con esmero”.

Su vivencias siguieron entre vaivenes de historias, poemas, viajes a Venezuela, trabajos y alguno que otro amigo fiel, llegó el 23 de mayo de 1896. Temprano, antes de la reunión, visitó a su amigo Juan Evangelista Manrique, luego de la consulta y ya recetado con medicamentos, le pidió que le dibujara el lugar en el que estaba el corazón en su pecho. Horas más tarde, se reúne en su casa con varios colegas, entre estos, hasta su madre y su hermana Julia. A las once, ya todos se marchan y sucede el final poético ahogado en penas. Silva se dispara con un revólver en el corazón. Consecuente a esto, fue llevado al ‘cementerio de los suicidas’ ubicado en ese tiempo junto en un depósito de basura. Actualmente se encuentra en el Cementerio Central de Bogotá junto a su hermana Elvira.

Cierra un libro tras otro, pronto la taza de café puesta sobre la mesa de trabajo principal rompe con el silencio de la habitación. -”Permiso”- dice la señora del servicio al dejar la taza de café y salir de la habitación. Alma le agradece con una sonrisa. Llegar a esa biblioteca desde México fue su ‘azar del destino’ que le terminó por dar el respeto y la admiración a ‘El Poeta’.

Entre los libros que organiza reúne las antologías, el libro de versos de José Asunción Silva y una biografía de su vida titulada ‘El corazón del poeta’, del biógrafo Enrique Santos Molano, y que según ella es la biografía más dedicada. -”La historia de José Asunción Silva es realmente un misterio”- afirma la muchacha en un tono delicado. Aquella biografía publicada en 1992 muestra la realidad histórica, social y política que refugió a Silva en vida. Además le toma el brazo al análisis y la observación, centrando su atención en el número 13 como principio y sentencia final del poeta, basado en tres situaciones:

En un primer momento, la calle en la que vivía Silva era la 12, tiempo después se mudaron a la antigua calle 14 del primer cuadro principal de Bogotá, que en aquel entonces limitaba con la catedral de esa época (1860-1890). Finalmente la calle para a ser la número 13, que es lo que se observa desde afuera de la casa en la fachada. Un nítido número trece color blanco dentro de un círculo verde.

Luego, en un segundo momento, el 13 toma lugar con la muerte del abuelo paterno de Silva, de quién heredó el nombre. Según expresa Santos Molano en su libro, José Asunción fue uno de los primeros comerciantes de Colombia, sin embargo, debido a una constante sensación de inseguridad con el tiempo compró un revólver Smith y Wesson. La Familia Silva era dueña de la finca que actualmente se conoce como la hacienda presidencial de ‘Hatogrande’. Tiempo después, asaltaron la finca, y mataron al abuelo con la cacha del revólver que poseía. Eso aconteció  un 13 de abril. Posteriormente, ese sería el arma con el que terminaría con su vida, José Asunción Silva. Santos Molina parece cuestionar este último dato, ya que propone la posibilidad de que realmente no fuese un suicidio, sino un homicidio.

Por último, la tercera aparición del número 13 en la vida del poeta toma forma un 23 de mayo, el día de su muerte. Eran 13 personas las que estaban reunidas esa noche. -”En aquel tiempo los colombianos eran muy supersticiosos” – dice Alma.

“Se tenía la creencia de que si habían 13 personas reunidas en un lugar, la primera que se levantara iba a ser el primer individuo en morir. De hecho cuentan que en Europa había un empleo para que no sucediera eso. Entonces le llamaban al decimocuarto para que vinieran 14 personas a la reunión y no pasara nada”.

José Asunción fue este primer sujeto.

La inmortalidad del poeta se conserva en su poesía; la prosa intensa, los mismos cigarrillos, y sus zapatos finos. Esta última característica precisa y determinante para sus zapatos bien lustrados lo llevó a descubrir la fórmula para el baldosín. En su tiempo no tuvo el gran apogeo, sin embargo, Santos Molina cree que la patente que le daba el gobierno colombiano

por esta fábrica fue la razón por la que pudo haber sido ‘asesinado’. El nombre de esa fábrica es Corona. Actualmente reconocida. -“Cuando uno cree ya saber la historia completa de Silva, se va uno enterando que hay otra cosa para seguir jalando el hilo para ver que deshilacha y para ver uno qué va encontrando- expresa Alma, cerrando ‘El corazón del poeta’

En La Casa de Poesía Silva, actual fundación, tributo, y monumento nacional en honor al poeta, se pueden encontrar varias crónicas que se escribieron a partir del 24 de mayo de 1986, fecha después de la muerte del poema y escritos de personas cercanas a él.

Según Mary Luz Piraquive, encargada de la divulgación y prensa de La Casa de Poesía Silva, la casa fue construida durante la época colonial, alrededor del año 1715. Posee dos patios interiores, como casi la mayoría de las casas que se encuentran desde ese año en La Candelaria. Tuvo una segunda remodelación que es distinguida por los apliques en yesería del techo. Esto aproximadamente en el año 1912. Ya entre 1980 y 1983, con la presidencia de Belisario Betancur, el interés de María Mercedes Carranza y Genoveva de Samper, decidieron fundar lo que actualmente se conoce como La Casa de Poesía Silva, declarada monumento nacional el 8 de marzo de 1994, fundación privada y sin ánimo de lucro.

La Casa de Poesía Silva se encuentra bajo La Ley No. 98 del 22 de diciembre de 1993, como todas las librerías en Colombia, “Por medio de la cual se dictan normas sobre la democratización y fomento del libro colombiano”. Desde el 24 de mayo de 1986 La Casa está en función del fomento a la lectura, siendo la primera casa de poesía de lengua española, que año tras año recibe poetas locales, nacionales e internacionales que se vuelven amigos de la casa, la historia se cuenta sola con el archivo de la fonoteca que atesora cada visita de los poetas que dejan huella en La Casa.

En Colombia, entre el año 2010 y 2014 el Ministerio de Cultura adquirió y produjo 10 millones doscientos mil libros, los cuales fueron entregados a las bibliotecas públicas de la red nacional, en la cual se encuentran actualmente 1404 bibliotecas públicas. Asimismo, en la frontera con Perú, el Ministerio de Cultura participó en la jornada binacional visitando las poblaciones de la ribera del río Putumayo y haciendo entrega de 6.000 libros del Plan de Promoción de la Lectura, según el Informe de Gestión 2010 – 2014 del Ministerio de Cultura

De acuerdo con los resultados de la Encuesta Nacional de Lectura 2017 del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), los colombianos leen un promedio de 2,9 libros al año en las cabeceras municipales, incrementando la cifra de 1,9 libros leídos para 2012, menciona el Informe de Gestión 2010 – 2019 del Ministerio de Cultura; a diferencia de países como Canadá y Suiza donde el El Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina (CERLAC) indica un promedio de 20 libros al año.

La Casa está ubicada en La Candelaria, exactamente en la Cl. 12c #341, Bogotá. Su fundadora y primera directora fue María Mercedes Carranza, es gracias a ella no tan solo el hecho de que exista la casa, sino la huella imborrable que tienen marcada todo los poetas a los que apoyó cuando nadie creía en ellos. Su muerte en 2003 dejó un hueco enorme, sin embargo Pedro Alejo Gómez Vila, también poeta, tomó su lugar.

La distinción de la casa a nivel nacional e internacional es destacada no solo por su librería especializada en poesía, sino también la importancia que ha adquirido gracias a todos los poetas reconocidos que van a recitar sus poemarios. Desde Gabriel García Márquez, hasta Gonzalo Rojas, poeta chileno, Cees Nooteboom, poeta Holandés. Piedad Bonnet, Aurelio Arturo quien también vivió un tiempo en aquella casa, León de Grieff, Fernando Charry Larra, y los poetas más cercanos como John Fitzgerald Torres, John Galán Casanova, Rodolfo Ramírez Soto, Carlos Andrés Almeida, que son los que acompañan la labor día a día, pero estos no son lo únicos. Existen muchísimos más que guardan su registro en la fonoteca de La Casa. Un lugar lleno de folletos con los nombre y fotos de los poetas, sillones, y discos que poseen las voces de todos los poetas que en algún momento han pisado La Casa. Es el archivo ‘Voces para el tiempo’.

Dora Bernal es la mujer que se encarga de la Fonoteca desde que María Mercedes Carranza dirigía La Casa. El objetivo siempre ha sido el mismo: dar a conocer la poesía y con el avance tecnológico que la Fonoteca ha adquirido se logra que más poetas ‘se lancen al ruedo’ porque hay más formas de mostrarse, de darse a conocer, de que conozcan su poesía. Dora recuerda las dos ocasiones en que el escritor mexicano, José Emilio Pacheco fue a realizar sus lecturas, la electricidad se iba y sus grabaciones se realizaban en grabadoras, como al inicio, todo a la luz de las velas.

Hasta el 2017, existen un total de 990 discos, y se tiene 15.900 pistas. Sin embargo, no es el único instrumento con el que registran el paso de los poetas, también existe la revista Casa Silva, que al igual que los registros sonoros, tiene su existencia desde 1989, y cubre las conferencias y trabajos que se hicieron en La Casa durante el transcurso de cada año. Sus portadas son pintorescas y muy llamativas, no solo en su estructura y decoración, sino también en su contenido.

La Casa de Poesía Silva va para 33 años de existencia, y su propósito como medio para fomentar la poesía no ha sido en vano.

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Al fondo a la izquierda se encuentra una puerta de madera y ventanales grandes de vidrio, una alfombra de recuadros de colores cálidos recibe a los visitantes, una mesa en el centro de forma circular con algunas cajas de libros nuevos, unas estanterías de madera que hacen de pared y de fondo de la habitación sostienen libros.

-”Hola, bienvenidos a la librería de la Casa de Poesía Silva”- dice una voz taciturna al fondo de la habitación. Quien habla es alto, de tez trigueña, nariz amplia y redonda, lleva anteojos y un traje oscuro que luce sin corbata. Su nombre es René Barraza y es el librero, lleva 5 años trabajando allí. Habla de La Casa como si fuera su hogar, es apasionado por su trabajo y se deja inspirar por las historias de que han ocurrido en ese espacio, “Se paga un precio por trabajar acá, porque luchar contra los verdugos de la cultura es duro” Tanto así que varias instituciones han modificado sus actividades o tomaron la decisión de cerrar. René conoce las dificultades por las que ha pasado la poesía en Colombia y lo que es luchar para ganarse el espacio que ha sido creado por La Casa Silva durante sus 33 años de existencia, cada día se pierde más el apoyo por parte de entidades gubernamentales, pero se reciben más exigencias al ser uno de los mejores stand de La Feria del Libro y el único especializado en poesía.

La Casa busca promocionar a los poetas que recurren a ella, por medio de la realización de talleres de redacción y ortografía, creación poética y la labor que realizan en la cárcel distrital ‘El buen pastor’, en los que se realizan talleres de sensibilización poética. Una de sus labores más importantes es la de ‘Oír es una forma de leer’, en compañía del Ministerio de Cultura, en la que, se fomenta la lectura y en especial la escucha de la poesía como parte del aprendizaje. La otra se trata de ‘Evento Ciudad’, servicio que se ofrece en los colegios para realizar los talleres directamente, guiados por algún ‘amigo’, como llaman a los poetas que fomentan, de La Casa Silva.

Cada jueves se realizan las conferencias o lecturas en el auditorio de La Casa, solo en las lecturas oficiales los poetas o literatos reciben una recompensa monetaria por la labor, como lo es Carlos Alberto Estupiñán, quien estará nuevamente como uno de los representantes de La Casa de Poesía en La Feria del Libro, en su segundo año consecutivo. Apasionado por su oficio, el de ser peluquero y su pasión, la poesía, Carlos escribe poesía erótica y La Casa promociona su libro. Llama a la literatura “su compañero fiel” y guía del camino porque se ha hecho persona y ha construido su camino en base a lo que ha conseguido con ella.

“Conocer la historia de Colombia a través de la poesía me ha parecido algo muy bello”- dijo Alma tranquilamente mientras seguía ordenando los libros, pero con esto resume la intención de La Casa y por lo que trabajan todos los funcionarios: René, Mary Luz, Dora y su director Pedro Alejo Gómez, de mantener vivo el espíritu romántico con el carga la casa, la ciudad, el país y el poeta a través de su legado poético.

Por: Carlos Andrés Guarín Gómez, Sandra Yaneth Mejía Sepúlveda, Vanessa Valencia Ospina.

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