Los colores de la resistencia


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Desde hace 60 años los pueblos indígenas luchan por la recuperación de sus tierras y la reivindicación de sus derechos. Aunque las historias de resistencia abundan, los crímenes del pasado se han trasladado hacia la ciudad, territorio actual de algunas comunidades.

El albergue indígena es de fachada grande y oscura, los niños corren por los pasillos de una casa de tres pisos y entran en distintos cuartos en busca de sus padres. Las jóvenes indígenas Embera Chamí y Katío cargan sus bebés en la espalda, amarrados con una tela. La construcción se levanta en la localidad de Puente Aranda, Bogotá, en medio del ruido, la polución y el frío. Nelson Bastos Silva camina con el bastón de mando en la mano derecha hacia un salón decorado con carteles de “amo los 80’s”.

Nelson, representante del cabildo Nasa-Páez en Bogotá y autoridad tradicional, es un hombre alegre de 34 años, enérgico; tiene piel canela, varios lunares en su rostro y uno especialmente notorio debajo de su nariz. Comienza a convocar a los habitantes del albergue para una reunión. Camina por el salón y habla acerca de la huerta que se ve por la ventana, sonríe orgulloso y recibe con amabilidad a los indígenas que entran uno a uno. Se para en frente de todos y los saluda para recordarles los puntos clave del encuentro: la reconstrucción de la guardia indígena Embera Chamí y Katío y la aspiración a forjar un cabildo en la ciudad.

Todos escuchan atentos el discurso de Nelson, a veces interrumpido por un traductor de Embera Chamí. Los principios de autonomía, cultura, unidad y territorio retumban por todo el salón. Los Embera participan reiteradas veces y acuerdan seguir adelante con la propuesta de visibilizar su problemática.

Ayer y hoy indígena.  

Los años 40 y 50 fueron un periodo decisivo para el país, no solo por la activación en forma del conflicto armado, sino por las consecuencias que este dejó. La migración masiva del campo a la ciudad fue uno de los fenómenos sociales que más afectó a los colombianos  y que dejó, según el reporte de 2018 de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), 7,7 millones de desplazados; 21,2 % son Afrodescendientes, 6,2 % Indígenas y 42,4 % niños, niñas, jóvenes y adolescentes. Por otra parte, el reporte de la Unidad de Víctimas dictaminó un estimado de cuántas personas han sido desplazadas desde 1984 hasta el 2018:

 

Foto de la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC)

Foto de la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC)

Este reporte muestra el número de personas por año, lugar de expulsión, recepción y declaración. La suma no refleja el número total de desplazados, teniendo en cuenta que una persona pudo ser desplazada en varios años.

Sin embargo, en 1960 los pueblos indígenas se integraron a las luchas por el territorio abanderadas por los sectores campesinos. Posteriormente, en 1970, la conformación del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) motivó la creación de diferentes organizaciones regionales con el objetivo de promover una plataforma política indígena y recuperar la tierra de los resguardos. En principio fue liderada por activistas y líderes guambianos y paeces. Actualmente, el CRIC es la organización que agrupa a más del 90 % de las comunidades indígenas del departamento del Cauca.

La fuerza de la resistencia y la lucha continuó hasta 1980 cuando se creó otra de las autoridades indígenas en Colombia. La Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC) que constituye, hasta el momento, la primera y única apuesta propia de los 106 pueblos indígenas reconocidos en el país para defender y proteger sus derechos fundamentales, especiales, colectivos y culturales.

A pesar de la presencia de estas múltiples organizaciones, la realidad es un poco más cruda. La violencia y la falta de oportunidades reportan ser las dos causas principales del desplazamiento de las comunidades indígenas en el país.

 

 

Choque cultural: Del territorio a Bogotá.

En la calle 19 con carrera cuarta, en un café concurrido de la ciudad capitalina, José Navia, cronista colombiano, cuenta:

— Cuando llegan los indígenas aquí, a veces llegan desconectados de todo.

Reconoce que la ciudad, como toda metrópoli, es inhóspita, individualista y agresiva en todos los sentidos. En Bogotá viven nueve millones de habitantes que él caracteriza como guerreros medievales “que tienen que salir todos los días protegidos por una armadura que está conformada por ciertos códigos”.

Estos códigos, aparentemente menores, como entender el semáforo y las rutas del Transmilenio o llenar un formulario, para una persona que llega de una zona rural o que vive en un territorio indígena pueden ser complicados.

En la Plaza de Bolívar está Nelson, habla con seguridad, pero se detiene con la pregunta: “¿cómo lo recibió la ciudad?”, mira hacia otro lado y luego responde:

Nelson Enrique Bastos Silva.

Nelson Enrique Bastos Silva.

— Me hizo devolver en el tiempo con esa pregunta. Yo creo que a mí me recibió con tres patadas. Uno llega de una cultura totalmente diferente, es llegar e intentar estar dentro de esta es realmente muy difícil. Yo creo que la sociedad bogotana no entiende la dimensión del ser indígena, incluso en la misma sociedad colombiana, no entiende lo que significa ser indígena.

Actualmente, la Unidad de Víctimas reporta un total de 8’803.836 de víctimas que ha dejado el conflicto armado en el país; y Nelson es una de ellas. Se desplazó a la ciudad perseguido por las fuerzas armadas ilegales. Por esta razón, dice él, está condenado a vivir en esta “selva de cemento”; la que ha sido su hogar durante ocho años.

La violencia ha alejado, según el mismo reporte, a 409.212 indígenas de sus territorios, no obstante, hay personas que llegan a la ciudad en busca de oportunidades y como dice Nelson, “por otros factores sociales que el Estado no ha atendido y que son un tema estructural que está afectando a la población indígena del país. No solamente al pueblo Nasa”.

— El desplazamiento en Colombia es derivado del conflicto armado en su mayoría. Al Estado le cuesta reconocer que hay ciertos grupos al margen de la ley y grupos paramilitares que se han desmovilizado, pero que aún siguen infringiendo en temas de violaciones de derechos humanos en los territorios —, agrega Nelson.

En San Andrés de Pisimbalá, una escuela de Tierradentro, Cauca, “había mucho combate entre la guerilla y el ejército”, Katherine Pencue, una indígena Nasa de 24 años cuenta que: “ eso era bala por aquí y por allá y uno ahí, en medio, y pues de suerte uno no pisó de pronto una mina quiebra pies ni nada”.

Adaptarse a la ciudad es difícil, pero no imposible. Los indígenas llegan a un lugar en donde las dinámicas son totalmente distintas. Nelson admite que el cambio es complejo, ya que el choque viene desde cómo interpretan el mundo, que puede ser de montaña; de llano; de selva o de desierto:

— Aquí no encontramos agua limpia, no encontramos a los animales, no encontramos el canto de las aves, la lluvia no es igual, el viento no corre lo mismo, entonces es una fragmentación no únicamente cultural sino de identidad y de espiritualidad también.

 

La Candelaria: Una puerta falsa.

Punto de referencia para miles de bogotanos y un pasaje histórico y turístico para aquellos que la visitan; así se ilustra la localidad de La Candelaria, ubicada en el centro de la ciudad. En este lugar se encuentran asentadas cinco comunidades indígenas con sus respectivos resguardos: los Ingas, los Wayuu, los Uitoto, los Kankuamo y los Nasa.

La Candelaria es estratégica para reuniones y encuentros indígenas. La Casa del Pensamiento Indígena, la Organización Nacional Indígena y la sede del partido del Movimiento Alternativo Indígena y Social (MAIS) son los sitios ubicados en esta localidad que respaldan y acogen a las comunidades que han sido vulneradas.

— La casa está abierta para que hagan danza, música, talleres de convivencia de cada uno de los pueblos, círculos de palabra y mingas de pensamiento —, explica Paulina Majín, coordinadora de La Casa del Pensamiento Indígena, encargada de articular todos los procesos de los pueblos indígenas en la ciudad.

— Hay 74 pueblos indígenas ubicados en la capital, no obstante, son 21 comunidades las que componen esta institución— asegura ella. Sin embargo, dentro de la casa antigua solo hay 14 puertas que dan entrada a las oficinas de algunos de los cabildos, como el Muisca Bosa, Muisca Suba, Wouunan, Kichiva, Uitoto, Cament’sa Biya, Misak-Misak, entre otros.

Para hacer parte de La Casa del Pensamiento Indígena, hay que cumplir una serie de requisitos. En primer lugar, la comunidad debe estar organizada por cabildos o coordinaciones; por otra parte, se tiene que presentar un acta de elección y posición con el aval del territorio, para ser autoridades en la capital.

Actualmente, las autoridades encargadas del registro de los ciudadanos no saben con exactitud cuántos indígenas residen en la ciudad, ni mucho menos en qué lugares ni condiciones. Según Laura Daza, referente de Cultura de la Alcaldía Local de La Candelaria, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) no ha realizado un censo actualizado que arroje cifras precisas. Sin embargo, la secretaría de Planeación Distrital, en el reporte de 2014, presume que hay 37 mil indígenas en la urbe, distribuidos desde el centro hasta la periferia.

Algunos se ubican en la localidad de La Candelaria, debido a las múltiples oportunidades que pueden encontrar allí.  Los que no se encuentran en esa zona están repartidos en distintos sectores de Bogotá como Suba, Usme; barrios La Favorita, Santafé, Voto Nacional, San Bernardo, Cruces y Santa Bárbara.

Por la carrera séptima, los indígenas aprovechan para exhibir y vender sus artesanías. Seyriawin -’Richard’-  y Teyarusimaco,  son dos indígenas del pueblo Arhuaco que arribaron a la ciudad no como consecuencia del conflicto armado, sino en busca de oportunidades. Llegaron a la metrópoli para estudiar en la Universidad Externado economía y finanzas en la sede ubicada en La Candelaria.

Vienen “obligados” como dicen ellos a estudiar para ayudar a su comunidad. Se visten con su ropaje blanco, característico de este pueblo, y se sientan a vender mochilas y manillas en la histórica avenida séptima. Lo que buscan es educarse para establecer un diálogo con cualquier persona ajena a su pueblo.

Familias indígenas llegan a la capital, específicamente a La Candelaria en busca de ayuda, pero se enfrentan a condiciones de miseria y abandono. “Dormimos en la calle, buscando, tocando puertas. Finalmente pudimos ir a la alcaldía, quienes nos apoyaron y entonces al último día la Alcaldía Mayor nos llevó para un alojamiento temporal: el Solferino del 20 de julio”, cuenta Mariano Ocampo Arces, un Embera Katío del Chocó.

Decretos, leyes y políticas no tan públicas.

Tanto las comunidades indígenas como activistas y otras minorías sintieron un gran alivio cuando se implementó en la Constitución de 1991 un apartado que reconocía que los pueblos tribales tenían ciertas condiciones sociales, culturales y económicas que los distinguían de otros sectores de la población nacional. Además, donde se asumía el compromiso de aplicar el enfoque diferencial y las acciones positivas en beneficio de estas poblaciones.

 Actualmente, el Decreto Distrital 612 de 2015 es la ley que reglamenta la participación de los pueblos indígenas en el distrito de Bogotá. Dicho reglamento busca la igualdad de condiciones de las comunidades asentadas. En el 2017, se implementó el Plan Integral de Acciones Afirmativas – “PIAA 2017 – 2020” – para el reconocimiento de la diversidad cultural y la garantía de los derechos de los pueblos indígenas residentes en la capital, en el marco del “Plan de Desarrollo Económico, Social, Ambiental y de Obras Públicas para Bogotá”.

Paulina Majín asegura que en el 2009 llegaron alrededor de diez pueblos indígenas a Bogotá, en búsqueda de articular una política pública en la ciudad con el pensamiento indígena. Actualmente, la Política Pública es el documento que resguarda a los indígenas de la capital y suple sus necesidades como cabildos –no como pueblos–.

Aunque las herramientas existen, las instituciones se encuentran a disposición de ayudar y la Política Pública es un documento activo: hay pueblos como el Embera Katío que habitan en condiciones precarias en algunas zonas periféricas, conocidas como invasiones, y que padecen, en su mayoría, la crisis económica y social que los conlleva a mendigar o ejercer otro tipo de profesión en la gran urbe capitalina.

La pregunta que queda es: Si existe una política pública para resguardar a los pueblos indígenas en la capital, ¿por qué aún no se ha estructurado un programa que beneficie a los pueblos que se encuentran en situaciones de miseria y abandono?

La mirada de Josefina: Mujer indígena.

“(…) y de los vientres del sexo femenino indígena nacerán nuevas flores de inteligencia y vestidas de riqueza se unirán para formar un jardín glorioso en medio del país colombiano”( El derecho de la mujer indígena en Colombia 1927).

Las mujeres del pueblo Embera cargan a sus hijos en la espalda, muchas de ellas se sientan en las calles principales de la ciudad para ofrecer sus collares de chaquiras que esconden variados significados. La labor de la mujer indígena es un tesoro para cada comunidad. Ellas preservan la identidad cultural del pueblo.

La concepción de la mujer indígena varía según la comunidad a la que pertenezca.  Paulina Majín, que pertenece al pueblo Yanacona, dice: “La mujer es la base fundamental de los pueblos indígenas porque nosotras somos las dadoras de vida, por lo tanto, tenemos que cuidar, es muy importante entonces que no estemos ni por encima ni por debajo, somos duales y eso también hay que enseñarlo, porque hay pueblos que no conocen la dualidad”.

Para pueblos como el Nasa, el ejemplo es importante, se entiende que los hijos replican lo que la familia hace; la mujer representa el sentido para el hombre, también, son las que conservan la cultura, las lideresas del hogar.

Piel rugosa, y ojos pequeños, lleva un vestido naranja propio de la comunidad Embera y una chaqueta Polo, ella es Josefina Nengarabe de Pueblo Rico, Risaralda, una mujer indígena anciana y sabedora del pueblo Embera, que explica en español: “la cultura hay que mantener, porque es herencia”. Desde que era pequeña su mamá y abuelos le enseñaron los ritos propios de su cultura, las danzas, para que más adelante ella pudiera entregarle esa enseñanza  a sus hijos y nietos.

Guardia, guardia, fuerza, fuerza.

José Pete dice en Nasa Yuwe, su lengua natal, “todos los pueblos fuerza fuerza”.

— Lo que más me mueve a hacer todo esto es mi comunidad. Ese es el motor de mi vida. Yo creo que el motor de mi vida es el ser Nasa y el ser Nasa es entender que mi pueblo necesita realmente profesionales o la sociedad necesita profesionales que se dediquen a defender esos derechos y a proteger la comunidad, independientemente de toda la violencia que haya en el país; independientemente de la no aceptación de un gobierno o de otro—, cuenta emotivo Nelson, un líder que ha trabajado en pro de su comunidad y la “esencia de ser indígena” como él la define.

La fuerza del territorio en la ciudad se representa en dos colores: el rojo, como la sangre derramada y el verde; la naturaleza y el entorno que nos rodeó en un principio. Las guardias indígenas en cada comunidad cumplen con una función de control y organización de asambleas y movilizaciones. Por otra parte, en la urbe, promueven y acompañan marchas y reuniones.

“Guardia, guardia, fuerza, fuerza, por mi raza, por mi tierra” relata uno de los versos principales del himno de la Guardia Indígena del departamento del Cauca; un lugar que ha sido escenario de enfrentamientos de distintos grupos armados y que, en numerosas ocasiones, ha sido olvidado por el gobierno colombiano.

Para contrarrestar los efectos de la violencia, en las comunidades indígenas defienden el concepto de la Minga, cuyo lema es “caminar la palabra”, es decir, establecer una serie de diálogos en donde se llegue a un acuerdo y se reconozca al otro y su verdad.  En el periodo desde 2005 hasta 2014, diferentes pueblos del Cauca han sido partícipes de múltiples conversaciones con el gobierno por el incumplimiento de los acuerdos establecidos en el Plan de Desarrollo.

“Romper el miedo, el terror, el silencio y la desesperanza” es lo que los convoca a llevar a cabo una Minga. Cuando se convoca una Minga, esta tiene prioridad sobre otras actividades que se omiten para cumplir con el propósito común. Utilizan como símbolo principal el bastón de mando, que mide entre un metro y un metro diez, a la altura del corazón y que lleva cintas rojas, verdes, marrones, negras, azules y blancas.

La Minga es colectiva y tiene como propósito exigir el cumplimiento de la vida, el territorio, la justicia, la democracia y la paz. Héctor Fabio Diqua Rengifo, representante del CRIC, es un hombre alto, de piel morena y voz gruesa que repite las razones por las cuales un pueblo indígena convoca una minga: La discusión política y el cumplimiento de los acuerdos.

— Desde que se eligió al actual presidente se le envió un comunicado donde le solicitamos como CRIC, que ante la serie de acuerdos firmados con gobiernos anteriores que no se han logrado cumplir, viniera al Cauca para comentarle la preocupación y generar unas rutas metodológicas, prácticas y técnicas que nos permitieran incluirnos en el Plan de Desarrollo, ya que solo se ha cumplido el 4% de estos acuerdos —, replica el representante.

“La Colombia olvidada” como suele repetir en contadas oportunidades Héctor, debe tener como pilar fundamental la reconciliación y la no repetición:

—Nosotros para cambiar nuestro país debemos superar el tema del conflicto porque de lo contrario vamos a seguir encerrados en una ola de guerra.

Tanto para Héctor como para las demás comunidades, lo más importante que podemos hacer el resto de colombianos es “entender las razones de la Minga y su lucha”. Según él “no se está peleando por los indios del suroccidente”, sino por la reivindicación de sus derechos y de lo que les compete como población.

Mientras en el Cauca dialogan y buscan el reconocimiento de los planes que no se han cumplido en los últimos años, las comunidades indígenas luchan cada día en el territorio y la ciudad. Y personas como Nelson o Héctor se unen para mantener la integridad de los pueblos y seguir de pie en su derecho a ser indígenas.

 

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