Reintegrándose a la vida: mujeres desmovilizadas


foto: Nuria Cruz

 

Hasta el día de hoy en Colombia hay 6501 mujeres desmovilizadas de los grupos armados apoyadas por la Asociación Colombiana de Reintegración (ACR).

La ruta “Desarme, Desmovilización y Reintegración” (DDR) inicia desde que la persona decide dejar el grupo armado. La primera etapa es el desarme: el desmovilizado llega a una entidad pública o unidad militar, donde entrega las armas que lleve consigo. La unidad se encarga de hacer una entrevista para identificar a la persona y al frente al que pertenecía; también les brindan alimentación, vestimenta y estadía. Este procedimiento dura entre uno a catorce días. En la segunda fase, desmovilización, llegan al Grupo de Atención Humanitaria al Desmovilizado que se encarga de la desmovilización individual y los ubican en un hogar de paso en donde se separan por solteros/as y familia. En el hogar de paso llegan a reubicarse. También se les brinda comida, vestuario y las primeras ayudas psicosociales, lo cual dura de 30 a 90 días. Este es el proceso que se realiza en el Ministerio de Defensa por medio del Programa de Atención al Desmovilizado. La reintegración, de la cual hablaremos más adelante, es la etapa más difícil a nivel emocional, pero clave en el proceso de todos los desmovilizados.

Sofía, Carolina, Evelyn, Laura y Ángela son cinco mujeres con vidas totalmente opuestas, víctimas y victimarias al mismo tiempo, que han vivido y sentido el conflicto armado desde diferentes experiencias, pero todas tienen algo en común: su ansia por superarse, tener una vida normal, algunas disfrutar de su juventud y otras criar a sus hijos en paz.

 

“Ser guerrillera no es fácil”

 

Sofía, Carolina y Evelyn tomaron la decisión de fugarse de la selva hace unos pocos meses. Actualmente están en un hogar de paso en Cajicá, Cundinamarca. Viven en una finca campestre junto con otros 6 desmovilizados, en la cual cuentan con todo lo básico para cubrir sus necesidades. La finca es un lugar agradable; está bien mantenida, hay espacios para caminar y está limpia. Pero, al caminar por las instalaciones, hay algo notablemente ausente: el calor de hogar, el sentimiento de pertenencia, la comodidad de estar en un lugar que identifiquen como propio.

Estas tres mujeres llevan entre uno y dos meses viviendo aquí. Una de ellas, Carolina, perteneció al ELN en el sur de Bolívar y las otras dos, Evelyn y Sofía, al frente séptimo y veintiuno de las FARC respectivamente (Guaviare y Tolima).

“La guerrilla tiene cosas buenas y cosas malas”, dijo Sofía, una ex combatiente que duró siete años en el frente veintiuno de las FARC ubicado en Tolima.

Actualmente Sofía tiene 20 años. Recuerda mucho su experiencia en la guerrilla y el sentimiento de fraternidad y solidaridad en la selva. “En los momentos duros la ‘guerrillerada’ es como la familia”, explica ella. Durante las largas caminatas, las amenazas de bombardeo constantes y los problemas del diario vivir, “los compañeros son lo único en lo que uno se puede apoyar. A  mí aquí me preguntaban, ¿usted extraña algo de la guerrilla?, y yo no lo niego. Sí extraño a la gente más que todo. Uno se encariña”.  Sofía entró a las FARC por las amistades que la influenciaron y, además, afirma tener una pasión por las armas. “A mí también me gustaba la guerrilla. Me encantaban las armas, me fascinaban, y cuando decidí ingresar me dijeron: ‘en la guerrilla se sufre, eso no es venir de turismo y uno se queda a tiempo indefinido’. A mí me dejaron pensarla como ocho días, y me dijeron que si lo decidía venían y me recogían. Y duré siete años”.

Lo que más recuerda Carolina mientras vivía en la selva es el sonido de un avión Kfir sobrevolando el campamento.“Una vez llegaron los aviones y todos estaban dormidos, hasta el guardia. Yo cuando escuché ese ruido me paré y empaqué mis cosas. Cuando salí el comandante ya estaba gritando, ‘¡es que se van a hacer matar, hijueputas!’. Nadie se había despertado”.  En su niñez, Carolina fue víctima de las AUC (Autodefensas Unidas de Colombia),  lo que hizo que creciera con un resentimiento hacia ellos. Su familia fue desplazada de su finca, además de presenciar el asesinato violento de un tío por parte de este grupo. Al pasar el tiempo se dio cuenta de que las armas eran su pasión y por medio de sus amistades decidió ingresar al ELN. Allí hizo un curso por tres meses en el cual le enseñaron a disparar todo tipo de armas, crear bombas y minas antipersona.

“En ese curso aprendimos mucho. Hacer una mina es muy fácil. Y nos enseñan a planear y a entrar a las bases de los militares y los paramilitares. Una vez entramos a una de los paracos y los volvimos empanaditas. El que hacía la guardia se había quedado dormido con el fusil encima. Nosotros nos les robamos todo y nos fuimos”. Cuando Carolina habla de los paramilitares, se puede ver un rencor especial en sus palabras y en sus gestos, una venganza que tuvo la oportunidad de calmar en numerosas oportunidades. Según dijo, en la guerrilla encontró un bienestar y una felicidad que antes no tenía, y no hubiera desertado de no ser por su accidente en la pierna.

“Pensé que se había acabado mi vida. Me costó mucho superarlo, pero ahora me siento mejor”, explicó.

Un día un compañero de selva estaba limpiando su fusil y sin querer se le escapó un tiro, impactando en su pierna. ”No me acuerdo bien porque yo me desmayé. Me contaron que no podían parar la hemorragia y me sacaron al pueblo. Por eso me tuvieron que amputar”. Además de la herida, tenía una infección porque los guerrilleros impregnan las balas con veneno y estiércol para causar mayor daño. Cuando despertó sin su pierna derecha, sintió que ya no podría hacer nada con su vida, aún así, dijo no tener resentimiento hacia su compañero. “No le tengo odio porque fue un error. A él lo castigaron 3 meses en el monte. No lo mandaron a fusilamiento porque lo hizo sin querer”. Al pasar el tiempo de recuperación volvió a la selva y sus mandos se ofrecieron a pagar un procedimiento para ponerle una prótesis, pero al regresar al pueblo la Fiscalía y el Ejército ya la estaban presionando para que se desmovilizara.

Carolina está a la espera de una prótesis. Foto: Nuria Cruz

Las relaciones se viven de forma diferente en la selva: cuando ellas conocen a un hombre que les atrae, deben pedir permiso al cabecilla de cada frente para poder establecer una relación con esa persona, desde una cita hasta una relación sentimental. Al ser aprobada deben pasar unos días de prueba: envían a cada uno a un frente distinto para comprobar la lealtad mutua. Si los mandos dan su visto bueno pueden iniciar una relación. En caso de que fallen en la prueba, la mujer debe esperar 3 meses para poder fijarse en alguien más.

 

Se fugó por su hijo

 

“Cuando lo supe decidí no volver más, porque podía tener a mi hijo pero me tocaba entregarlo, entonces me volé y les dije que no quería hacer nada malo, solo criar a mi hijo y estar con mi familia”, expresó Evelyn, quien estuvo doce años en las FARC y actualmente tiene un hijo de tres meses con un hombre con quien lleva seis años, también exguerrillero. 

Su ruta por este camino empezó cuando tenía quince años; vivía en Buga, Valle. Allí tenía un novio del cual ella se sentía muy enamorada pero su papá le prohibió estar con él.

“Yo me cuadré con un novio que tenía en el Valle, pero mi papá no estaba de acuerdo y me volé con él porque la familia de él estaba para ese lado. Entonces yo pensé ‘no, mejor me voy a la guerrilla porque mi papá me mata’. Yo ahora lo pienso y digo que fue miedo, y todo eso se lo digo a mi papá. Él me pregunta ahora que yo por qué me fui, y  me dice que hubiera hablado con el muchacho y hubieran cuadrado. Pero eso me lo dice eso ahora. Una vez le contaron que me vieron con él en el parque y me metió una pela con el palo de la escoba que todavía tengo la cicatriz. Entonces yo dije… no, yo mejor me voy a la guerrilla”. Aunque ingresó con la intención de estar con su novio, para su sorpresa fueron separados ya que debían pertenecer a diferentes frentes. 

Duró doce años allí y conoció a otro hombre con el cual lleva seis años de noviazgo. Al enterarse de que esperaba un hijo se motivó para desmovilizarse. Aun así, todavía tiene incertidumbres y miedos. “Uno afuera se relaja, pero al volver a la vida civil uno se pregunta… ¿cómo irá a ser? Si yo no hacía nada en la casa. Yo cuando me fui estaba en sexto. Cuando eso mis papás veían por mí, ahora yo veo por él (señala a su hijo).”

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Foto: Nuria Cruz

Continúa el proceso

 

Después del desarme y la desmovilización, la tercera fase es la reintegración, de la cual se encarga la Agencia Colombiana de Reintegración (ACR), que realiza un proceso individual de reintegración con cada una de las mujeres que llegan allí. Puede durar hasta seis años y medio y se divide por etapas en donde se preparan a nivel psicológico, emocional y educativo.

Según Jose Luis Medrano, asesor para la reintegración de ACR Pereira, muchas de las mujeres que se desmovilizan tienen la educación primaria básica ya que ingresaron a muy corta edad a estos grupos, por lo tanto, cuándo salen a la vida civil no tienen las habilidades necesarias para adaptarse al medio.  Al ser certificadas por el Comité Operativo para la Dejación de Armas (CODA),  que es un comité interinstitucional encargado de confirmar la veracidad de las historias de todas aquellas personas que se han desmovilizado de forma individual,  son remitidos a la ACR.poblacion desmovilizada

Cuando pasan a la siguiente fase del proceso empiezan terapias, charlas psicológicas y capacitaciones académicas en las cuales se les instruye para tener un proyecto de vida y a cada una se les asigna un reintegrador que acompañará su proceso y trazará su ruta de integración. “Se les recompensa económicamente la asistencia a las terapias y capacitaciones llegando a una suma máxima de $320.000 pesos mensuales. Cuando terminan el proceso de reintegración cada uno recibe un abono de $8.000.000 de pesos para la creación de un negocio o una inversión”, dijo JoseLuis Medrano.

Aparte de la preparación con los desmovilizados, la Asociación también imparte charlas a la comunidad a la que llega a vivir el desmovilizado para erradicar el estigma que se tiene con estas personas.  Las empresas y el tercer sector son un respaldo fundamental para los reinsertados porque es a través del sector privado que se pueden crear oportunidades de empleo y vivienda para ellos.

Según un informe de la ACR realizado en el 2016 sobre la ocupación de los desmovilizados, de los 13797 personas que han culminado el proceso de reintegración, 4063 personas trabajan en el sector formal y solo 863 son desempleadas.

En el proceso de reintegración se tienen en cuenta ocho dimensiones: personal, productiva, familiar, habitabilidad, salud, educativa, ciudadana y seguridad. 

 

 

 

 

 

 

 

“Allá nos tratan por igual”

 

“Es muy difícil cargar pesado, ponerse un camuflado y cargar un arma a los 15 años”. Dijo Laura, una ex guerrillera que ahora es promotora de reintegración en la ACR. Ella perteneció al frente Aurelio Rodríguez de las FARC. Cuando era una adolescente vivió en una finca del departamento de Risaralda, donde toda la zona estaba apoderada por la guerrilla. Laura ayudaba a sus papás a recoger café y estudió hasta tercero de primaria ya que sus padres decían que aprender a escribir y leer era lo único necesario.

Un día unos uniformados de las FARC tocaron a la puerta de su casa y le dieron la oportunidad de irse, ella se negó y a la semana siguiente volvieron y la obligaron sutilmente a abandonar su casa. Los peores momentos que pasan en la guerrilla son los enfrentamientos.

“Una vez nos despertaron a las tres de la mañana a puro plomo, ese día vomitaba del susto que tenía, pero salí de esa y de muchas más”. 

El aseo y la presentación personal son muy importantes entre los miembros de las FARC, cada mes se les revisa la maleta y verifican que no tengan plata, celulares, ropa sucia, si a una mujer le llegan a encontrar ropa interior sucia la muestran a todos y las humillan públicamente. Según Laura, el día de la mujer lo celebran, los hombres hacen una comida especial y un baile, y no es permitido que las mujeres trabajen o hagan la guardia del día.

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En la guerrilla le hicieron un tatuaje para diferenciarla del frente al que pertenecía, cuando salío decidió taparlo con un tatuaje de flores. Foto: Nuria Cruz

“En la selva obligan a planificar a las mujeres, ya sea con una inyección o un dispositivo. En una ocasión quedé embarazada y me obligaron a tomar unas pastas para abortar, pero yo las escondía en mi boca y luego las escupía sin que alguien se diera cuenta. Cuando tuve a mi hija me obligaron a entregarla a una familia campesina y ese fue el principal motivo que me hizo pensar por dos años en desmovilizarse”, expresó Laura, quien se veía afectada por el tema y le era muy difícil contener las lagrimas.

En las FARC no hay opción de desertar. Laura se fugó cuando la mandaron a una misión a un pueblo, pero al llegar allí se entregó al Ejército y pudo terminar su proceso de reintegración hace unos años. Actualmente vive con su esposo y sus dos hijos, y pudo contactar a su hija, la cual se encuentra en tratamiento psicológico para poder reencontrarse con ella y asumir la historia de su madre biológica.

 

Nuevas Oportunidades

Las mujeres, tanto excombatientes como víctimas directas del conflicto, sueñan con empezar un nuevo proyecto de vida, en la cual puedan reconstruir el tejido social del país por medio de fundaciones, ayudas a otras personas, entre los mismos desmovilizados o incluso entre víctimas y victimarios. Laura es un ejemplo de mujer que decidió salir de la guerra para ayudar a los demás, y ahora trabaja como promotora en la ACR.

Al otro lado del conflicto también existe un movimiento que se dedica a reparar a las mujeres víctimas, ayudándolas a salir adelante y empoderándolas. La coordinadora nacional es Ángela María Escobar, una mujer que fue víctima de violencia sexual del conflicto armado por parte de las AUC y ahora se dedica a ayudar, junto a su equipo, a otras mujeres que han pasado por algo igual o similar.

El movimiento Red de Mujeres Víctimas y Profesionales se dedica a reparar a las víctimas por medio de ayudas psicológicas y una manera u otra sanando su pasado por medio de la ayuda entre mujeres, además de ayudarlas a que hablen y realicen las respectivas denuncias. También trabajan con los colegios con el Comité de Convivencia Escolar, con jóvenes, profesores y padres de familia con la ley 16 – 20.

“Por el momento tenemos más de 1200 mujeres en la Red. Nosotras mismas nos damos apoyo y por eso mismo hemos logrado hablar, siempre hemos dicho que,  primero, la doctora Pilar Rueda ha sido la única mujer en este país que nos dio voz a nosotras las víctimas y, segundo, que somos la voz de las que callan. Cuando una mujer se da cuenta de que uno habla, ella va haciendo ese proceso hablar y ya no nos callamos. Y tenemos algo muy particular en la red: el patrocinio con Challenger, la empresa de electrodomésticos. Es una alianza en donde vamos y capacitamos a los trabajadores en prevención de violencia sexual. Cada seis meses traemos a una mujer de una región para que se empodere, para que fortalezca su liderazgo y mire también que en Bogotá se maneja a otra esfera que en la región, porque este país es muy centralizado, para que vaya mirando cómo se va manejando desde aquí las otras regiones.  Ha sido un logro muy grande”, cuenta Ángela María.

En los últimos meses no solo la Red se ha dedicado a ayudar a las víctimas, sino que también allí están llegando ex combatientes. Entonces hay mujeres desmovilizadas y civiles, más que todo en el departamento del Cauca, y ahora están trabajando con OIM (Organización Internacional para las Migraciones) que se encarga de la población víctima del conflicto y de la trata de personas; los niños, niñas y jóvenes desvinculados de los grupos armados ilegales o en riesgo de vinculación y las personas en proceso de reintegración a la vida civil.

Después de conocer las historias de todas estas mujeres, es necesario resaltar el papel de la mujer en la sociedad como un actor principal, con sus cualidades de liderazgo y solidaridad sin importar el estigma machista que dicta que la mujer es débil. De formas diferentes y cada una a su medida, ellas son pilares de sus propias vidas, que contribuyen a la construcción de una sociedad justa y empoderada en la que el principio básico es, simplemente, tener la libertad de ser y existir en paz.

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