En Marmato no todo lo que brilla es oro.


El “pesebre de oro colombiano” es paraíso y cuna de la mejor tradición minera. 

marmato

 

Paisajes y carreteras sin fin, eso es lo que se ve en la cordillera occidental, precisamente  al noroeste de Caldas, entre  grandes y rocosas montañas se encuentra un pueblo difícil de imaginar, un municipio que viene creciendo poco a poco, donde los socavones cobran vida, donde se construyen viviendas entre las rocas, donde entre mina y barranco viven familias humildes llenas de esfuerzo y dedicación, donde la cultura es dorada, no solo por la cerveza que tanto se encuentra, si no por el oro que allí abunda,  donde la identidad es la minería. Esto, damas y caballeros, esto es MARMATO.

Para llegar a este municipio caldense hay que coger un colectivo o una chiva, los cuales pasan cada tres horas por el pueblo, no es difícil llegar, pero los medios de transporte son escasos, si no hay un automóvil o moto es más las espera, inclusive los famosos Jeep Willy’s que tanto se ven y que son tan representativos en Caldas no llegan a esta zona.

En el trayecto de la carretera principal que comunica el departamento de Caldas con Antioquia se debe desviar, allí hay una subida que pareciera no terminar en absolutamente nada. Empezar a subir sin saber a dónde se llegará es intrigante, la loma parece interminable, pero uno sabe que va en la dirección correcta cuando se encuentra en las carreteras angostas y poco transitables, los rieles que comunican a las bóvedas de extracciones con los socavones, en ese momento se empieza a conocer a la mina dorada.

Mientras más se sube, más aumenta la temperatura, el calor es tremendo y el bochorno ni que hablar, en la mitad de trayecto ya se empiezan a ver señales de vida, personas en la larga carretera subiendo hasta el municipio, aquellas que decidieron transportarse en colectivo para bajarse en la carretera principal, y  emprenden el arduo ascenso.

En breves instantes se empiezan a ver desvíos, casas y una estación de policía nueva e inmensa junto a la entrada de lo que sería el anhelado Marmato, pero resulta que esta parte baja o la zona sur  termina siendo Marmato nuevo, un pueblo renaciente de las montañas no tan altas, el cual se empezó a construir debido a las posibilidades de derrumbes que podían destruir al pueblo, aquí también se practica la minería y la extracción de recursos y metales, pero sabía que el verdadero corazón marmateño quedaba en la cima, en el Marmato antiguo, el tradicional.

Continué mi trayecto y al llegar allí, lo primero que me recibió fue un gran letrero azul que es difícil de ignorar: “Bienvenidos a Marmato, tierra de gente amable donde nadie es forastero”, parecía viejo y un poco descuidado, pero no dude de él. Anduve por donde caminaban todos, por la iglesia, la única que hay, ubicada en la que todos llaman plaza principal, que de plaza no tiene nada, solo un mural pintado por sus habitantes, algunos restaurantes y bailaderos.

No tenía ni que girar la cabeza para ver todo este repertorio, entablé conversación con algunos marmateños, muy amables por cierto, con los cuales confirmé lo que decía el letrero, me indicaron el camino para llegar a las minas, las cuales son fáciles de encontrar, lo complicado era llegar hasta ellas.

Mientras más se asciende, uno se percata de que los caminos se van estrechando y que lo que se creía como el fin de la montaña, no lo es. Los socavones que del fondo de la montaña son apenas el comienzo de lo que hay en la cima. Tras caminar mucho me sorprendí al enterarme que me encontraba en la etapa uno, de tres que existen; no podía imaginar todo lo que podía encontrar.

Seguí mi recorrido entre las pequeñas calles que parecían de un pueblo europeo olvidado, el terreno era piedrudo, pero no cualquier piedra como esas de parqueadero, si no piedras enormes y deformes. Al terminarse las callecitas me topo con el abismo, esa vía entre la montaña y el abismo solo lo separan tres metros de ancho, esta distancia se acorta o se alarga mientras se sigue caminando. El camino se veía inestable pero a la vez seguro, si por ahí pasan los guerreros mineros, ¿por qué yo no?

La segunda etapa es el mítico cerrajón de oro, donde están las más grandes y las mejores minas de Marmato, encontré una pequeña taberna, donde en pleno medio día ya estaban parchados tomando cerveza y escuchando música a todo volumen mientras jugaban billar. Me acerqué y dialogué con un minero que apenas iba a dar el sorbo de su primer Póker, un señor con bigote y bajito, vestía muy descubierto, aparentaba unos 45 años y ser muy sociable, le empecé a preguntar por su trabajo y por su vida en Marmato, él, cordialmente me iba contando mientras se veía satisfecho con todo lo que me respondía.

“La vida acá es muy buena, ¡Marmato es un paraíso!”.  Exclamó entre risas y con satisfacción, repitiendo lo mismo dos veces seguidas y sin modestias, mientras miraba a todos chocar sus cervezas después de trabajar un domingo, definitivamente Marmato es un paraíso.

Los mineros se levantan a las 5 am, mientras desayunan una arepita o un pan, o lo que consigan comestible para esa mañana, ven el sol salir pero dura muy poco, pues cuando empieza a amanecer, muchos ya se encuentran entre la oscuridad, y no sencillamente entre cuatro paredes y una cobija abullonada, si no entre un estrecho espacio que es apenas del diámetro del cuerpo de una persona, para así introducirse entre las montañas grises y doradas, en lo que se denomina socavones, oficina oficial de los mineros marmateños.

Para sacar el oro hay que sacar la carga, molerla, remolerla, pasarla por las mesas, volear batea y de ahí ya separar, nosotros sacamos 50 ‘cochaos’, un cajón, lo que equivale a 2 o 3 ‘castellanos’; hay mucho oro, pero para sacar oro hay que escavar y trabajar mucho, y a Marmato le quedan muchísimos años más de explotación, acá lo que hay es camello.”  Fluido y sonriente, me hablaba Jorge Henao, el minero de 30 años que aparentaba 45 y que no cambia su vida por nada.

 ¿Acá donde estoy parado podría haber oro? Le pregunté.

Solo sonrió mientras se le notaban esas arrugas que dan de la experiencia, asentó y le echó un sorbo a la cerveza.

Pero no todo lo que brilla es oro, existen problemas a causa de terceros, una empresa canadiense de nombre ‘Colombia Gold’ ha estado comprando gran parte de las cotas marmateñas, casi todos los terrenos laborales para la minería, la cual quiere apoderarse de lo ajeno. Muchos habitantes no aceptaron la venta de sus cotas, pues saben que si acceden podrían después lamentarse, además de una posible  bancarrota. En el negocio del oro siempre habrá más de donde sacar y eso mismo lo sabe la multinacional, que quiere trabajar una explotación “a cielo abierto”, es decir, arrasar con todo.

“Compraron muchas minas, como 90, cada una con su registro, y eso que también compraron ilegales,  pero nosotros NO la vendimos, de acá para arriba todo el mundo vendió, pero nosotros no quisimos, nosotros trabajamos independientes y ganamos dependiendo lo que saquemos, tenemos 12 trabajadores, de los cuales 7 son mis hermanos.”    Relataba con confianza el humilde y sapiente minero, sabiendo a donde quería llegar. Lo noté con mucha seguridad, me di cuenta que sin importar la cantidad de dinero que les ofrecieran no iban a vender ni un metro de su cota, esto no se trataba de dinero, sino de tradición y bienestar.

Fueron ratos muy agradables los que me hizo pasar Don Jorge, pero él debía seguir con las cervezas que tenía en la mesa y yo seguir mi camino. Continué más arriba para llegar a la próxima etapa, la ultima de la montaña, allí encontré una casa familiar blanca con gris, grande para ellos, pequeña entre las rocas. Me paré en el portón y se me acercó una señora bajita, de pelo castaño y gordita, me miraba extrañada, de seguro era mi pinta tan urbana; entablamos conversación y descubrí que también era una trabajadora minera, de nombre Jessica Acevedo, sin el Doña, pues descubrí que tenía apenas 25 años. “Aquí la gente aparenta más de lo que parece”, exclamé.

Me contó sobre su vida, vive hace 10 años en Marmato, de los cuales 7 los ha trabajado en la minería, le gusta trabajar con material de la mina, la cual para ella es una experiencia muy buena, ya que siempre ha preferido trabajar en la mina que en una casa de familia.

“Este trabajo es algo que se ha inculcado, así como me lo inculcaron mis hermanos. Los tíos y los padres le inculcan a sus hijos empezar a trabajar en la mina, aunque se tiene que esperar hasta cierta edad, pues es prohibido que los menores entren en las minas.”

No era muy conversadora, tenía que evitarle los silencios de unas respuestas cortantes y breves, pero eso sí, muy precisas. Cuando le toqué el tema sobre la compra de minas por parte de exteriores ni siquiera me dejó terminar de hablar, me interrumpió sin pensarlo dos veces: ¡Ese es el problema!  Me asombré, mientras me seguía contando:

“De por si, dicen que las minas son de ellos, pero no. Hace muchos años, desde que se destaparon las minas, la gente de acá trabaja en ellas, hemos tenido inconvenientes, tocó que hacer un paro hace tres años porque iban a venir a cerrar las minas, y si las cierran ¿de qué vamos a vivir? “. Me puso a meditarlo por un momento, pero tenía toda la razón. Algo estaba claro, el problema afecta a todos los marmateños, la vida acá es la minería y no merecen ese arrebato,  no vivirían igual si no pueden subsistir con lo que aman.

La empresa vuelve supuestamente en época decembrina del año 2016, con el objetivo de comprar el resto de socavones que faltan, quieren apoderarse de cualquier esquirla dorada. Los canadienses no quieren perder nada y a la vez ganar demasiado, ante un pueblo que no gana mucho, pero que no quiere perderlo todo…

Los socavones son el infierno para muchos, pero el paraíso para los marmateños, sus condiciones de vida son intachables, así como Jorge Y Jessica hay cientos de habitantes dispuestos a meterse en el socavón casi todo el día a buscar oro, son estas personas las que me hacen creer que el dinero no lo compra todo y que en el mundo de la minería, en su mundo, son completamente felices.

Acá poco se puede decir que el minero saquea para satisfacer a las grandes multinacionales, aunque sea cierto, los trabajadores honrados se mantienen firmes ante cualquier empresario que quiera hacer de las suyas, simplemente porque son independientes y quieren mantener su estabilidad. A cada uno le llena de satisfacción hacer lo que le gusta sin que alguien le recrimine algo, son gratos con lo que hacen y como lo hacen; son libres en su territorio y en su diario vivir.

El pueblo vive en intriga de lo que pueda suceder, pero siguen su vida común y corriente, como si no pasara nada, aprovechando lo que a diario la tierra le da para su sustento: La extracción del bendito y apetecido oro.

Fuente: Semilleros derechos sociales y asuntos públicos UdeA / Canal Youtube.

Juan Manuel Alzate Hurtado.

Universidad Católica de Pereira.

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