Fuera del anonimato, los heróicos rostros de la tragedia de Armero


Fotografía: Marianna Murcia

Fotografía: Marianna Murcia

 Por: Gilberto Castrillón, Valeria Chinchilla y Mariana Murcia

34 años han pasado desde que Armero desapareció del suelo Tolimense en tan solo 15 minutos, dejó a su paso oscuridad. El frío de la muerte se adueñó de lo que había quedado en aquel lugar. Desastre a cada lado, más de 25.000 cuerpos sepultados en el lodo, y al menos 4.000 sobrevivientes en condiciones precarias, sufrieron la incertidumbre de si llegaría alguien al rescate, o si debían prepararse para morir también. Entre los 4.000 sobrevivientes están aquellos que no dejaron de lado su pueblo, los que no dejaron que la cifra se extendiera, y estos héroes tienen nombre y apellido.

Siendo las 11 de la noche una gran avalancha sucumbe en su totalidad la segunda ciudad más grande del Tolima, en consecuencia de la erupción del volcán Nevado del Ruiz.

Leopoldo Guevara, presidente de la Defensa Civil de Venadillo fue uno de los primeros en ir a las zonas afectadas, en una avioneta de fumigación, eran las 5:00am cuando sobrevolaron lo que se suponía era Armero, lo único que vió fue un mar gris de lodo, cuando se dirigió a sus superiores nadie le creía sobre la gravedad de la situación, todos pensaban que exageraba con sus palabras hasta que se comenzaron a mostrar las imágenes del pueblo, cuando el entonces presidente Belisario Betancur llegó a la zona no pudo contener las lágrimas, sabía que había cometido el mayor error de su vida, haber ignorado las alertas de emergencia.

A pesar del rápido despliegue de los organismos de socorro como la Cruz Roja, la Defensa Civil y los cuerpos de Bomberos que venían de otros lugares, los heridos y los muertos aumentaban con el correr de las horas, la noticia ya se escuchaba en todo el país “Una ciudad que ya no existe”  citaba el periódico El Tiempo; y con el paso del tiempo lo desaparecidos aumentaban.

No solo ayudaron profesionales con formación para cubrir este tipo de desastres, después de perderlo todo, muchas de las personas que lograron sobrevivir sin mayores heridas, se negaron a abandonar la zona para poder rescatar a las personas que estaban bajo los escombros y el lodo, uno de estos héroes civiles fue José Antonio Rubio que tenía 28 años en esa época.

 

El héroe de los jóvenes

 

Fotografía por: Marianna Murcia

Fotografía por: Marianna Murcia

 

José Antonio Rubio, un hombre de 62 años, alto, marcado por la edad, tiene ojos color verde oliva, refleja la resiliencia en su mirada, trabaja siempre con su gorra de estilo camuflado puesta. Reside en Guayabal Armero, pero su sustento está en el Camposanto donde sucedió la tragedia. Tiene una tienda al aire libre cerca al lugar donde se encuentran las placas de agradecimiento y demás ofrendas en honor a la niña Omayra Sánchez, símbolo de la tragedia. En la tienda se encuentran, camándulas, pulseras, collares, llaveros, placas, aretes, anillos, vírgenes y variados estilos de atrapa sueños, algunos turistas compran estos artefactos nada más para colocarlos junto a los demás obsequios que están en aquel altar para Omayra.

José Antonio es de Ambalema, pero siendo un niño de ocho años llegó a Armero, y allí vivió los siguientes 20 años de su vida hasta aquel 13 de noviembre que los obligaría a él y a sus conocidos comenzar de nuevo, otra vez.

 

 

Para José Antonio lo más difícil fue llegar al amanecer, cuando ya estaba aclarando el día y no se veía ni una casa de lo que era el Armero que él y los demás sobrevivientes conocían tan solo unas horas antes de semejante catástrofe natural. Pero para él, era momento de comenzar a rescatar a las personas que ya se lograban divisar entre lodo y escombros, en ese momento tuvo que tomar la difícil decisión de a qué personas debía rescatar.

«Fui cogiendo tejas de zinc y sacando el personal, yo saqué a 40 personas, y todos eran jóvenes, porque yo miraba a las personas de edad y decía ‘no’ el que tiene que vivir es el joven y así lo hice, a veces me ha pesado, pero ese personal ya había vivido un tiempo y tocaba que sacar era a la juventud.»

José Antonio comenzó su plan de rescate buscando el centro de Armero, allí se encontró con la primera joven a la que le salvaría la vida, una joven de unos 20 años, que se encontraba en condiciones lamentables.

Osado, en medio de la ansiedad y el afán de llamar la atención de los rescatistas para que vinieran por ellos, José Antonio subió a una loma cercana a la salida de Armero con unas cobijas, hizo una ‘H’ lo más grande que pudo con ellas y en poco tiempo comenzaron a llegar los helicópteros. La joven que José acababa de salvar gravemente herida, fue la primera persona que él embarcó en un helicóptero. “Esa fue solo la primera parte, después sólo salían personas que estaban vueltas nada. El primer niño que José le entregó a la Cruz Roja tenía 7 años, el pequeño le contaba asustado que había salido con la familia huyendo en una camioneta, pero en ese momento la avalancha arrastraba con fuerza el tronco de un árbol muy grande y grueso, chocó con la camioneta y la volcó, el niño logró salir de ella antes de que se hundiera, se sostuvo de aquel tronco y se arrastró con él, fue así que sobrevivió y José lo pudo salvar, su familia quedó sepultada en el lodo.

Yo entregué al niño y continué con otros jóvenes, no volví a saber nada de ninguno de ellos.

Lastimosamente fueron miles las personas que no contaron con la suerte de ser salvadas, en un panorama deplorable se encontraban todos los rescatistas, José Antonio y demás héroes civiles que en su completo alrededor solo percibían desastre y muerte por donde sus ojos miraran, se toparon con una escena que les rompería aún más el corazón, una mujer reconocida por algunos de ellos, estaba enterrada, aprisionada por el lodo casi hasta el pecho, abrazada a sus dos hijos, los tres murieron en esa posición en aquel lugar.

Existió una persona más, que tampoco logró recibir la ayuda de José Antonio, pero esta vez, se trataba de asuntos personales. Casualmente tocayos, el doctor José Antonio Galán, era el médico del papá de José Antonio Rubio, pero ambos no habían quedado en buenos términos, puesto que Rubio manifiesta que Galán le había mentido sobre la enfermedad que tenía su padre y sólo le dijo “Es mejor que deje a su papá en un ancianato”. Rubio encontró al médico en los escombros envuelto en una cobija, el doctor al verlo lo reconoció y le extendió la mano pidiéndole ayuda.

«Yo me lo encontré, y lo saludé, él me dijo “Rubio ayúdeme” y yo nunca lo saqué, porque cuando él me mintió sobre mi papá yo le cogí fastidio y quedé con esa espinita, y después si me dio duro, porque si le hubiera podido dar la mano como lo hice con muchas personas, son resentimientos con los que uno queda.»

El viernes 15 de noviembre de 1985 a eso de las 4:00 de la tarde pasaba un helicóptero sobrevolando a pocos metros de lo que un par de días atrás había sido la ciudad de Armero y ahora desaparecida por completo, tan solo parecía un mar gris. Las personas que aún se encontraban en el lugar haciendo lo posible para rescatar a más sobrevivientes, encontrar los cuerpos de sus familiares y amigos, o recuperar algunas de sus cosas, se les dio la orden de desalojar el lugar para evitar afectados por la epidemia. Antes de embarcarse en el helicóptero Rubio decidió volver y buscar la que había sido su casa durante 20 años, con la esperanza de rescatar algo, lo único que había quedado por fuera eran cobijas y el álbum de fotos de la familia en las que se encontraban los rostros de los 18 familiares que perdió aquella noche en la tragedia, solo logró rescatar al único sobreviviente de sus tres hijos, César Augusto Rubio, de tan solo siete años.

«Este lugar yo lo valoro mucho, lo quiero mucho, aquí aprendí a trabajar en mecánica, pintura, o arreglando casas; lo que saliera. Además, aquí hice a mis hijos.»

En ese lugar mueren también 33 agentes de la policía, y el alcalde Ramón Rodríguez, siendo radioaficionado, a las 10 p.m. del 13 de noviembre alertó a los habitantes a salir de la población, e ir a los sitios más altos, a las 11 p.m. sus últimas palabras no se oyeron: lo sepultó la avalancha.

«La culpa de esta tragedia la tiene el gobierno de ese entonces, el presidente Belisario Betancur, Iván Duque Escobar padre del actual presidente de Colombia que era el ministro de minas en ese entonces, y el señor Eduardo Álzate, que era el Gobernador de este departamento. Y acá estamos, esperando lo que nunca va a haber, eso sí, vuelvo 33 años atrás, pasado un poco más de un año de la tragedia y siempre lo digo de todo corazón, le doy gracias a Dios y al padre Rafael García Herreros que por medio de él nos dieron una casa en Lérida, primera etapa, barrio Minuto de Dios. Gracias también al hombre que le dio el dinero al padre para generar estas ayudas, que eso con nada se puede tapar, y fue el señor Pablo Escobar.  Hoy en día se siente uno tan triste de ver este monte tan tremendo y saber que esto fue una ciudad tan bonita, tan importante, tan rica y echada para delante, donde no faltaba el trabajo, donde nada le faltaba a nadie, hoy en día es tan triste ver que un gobierno ni siquiera local ha querido ponerle la mano a esto.»

 

La tragedia conmovió a todo el mundo, las personas se solidarizaron con los sobrevivientes, las ayudas llegaron de muchos sectores, comida, agua ropa y carpas en los lugares cercanos se armaron campamentos mientras reubicaban a las personas, de aquí sale uno de los grandes problemas que causó la tragedia posteriormente, cientos de niños fueron llevados a Bogotá, pero nunca regresarían con sus familias, muy poco fue lo que se supo de sus destinos.

Fuente: armandoarmero.org

Fuente: armandoarmero.org

Con el correr de los meses las personas sabían que era momento de iniciar nuevamente sus vidas, y como en muchas ocasiones en la historia del país, el gobierno y las autoridades comenzaban a fallar con el cumplimiento de las ayudas prometidas.

La idea inicial del gobierno era trasladar y reconstruir Armero en Lérida un pequeño pueblo ubicado aproximadamente a 14 km de Armero, pero las personas se negaron rotundamente a abandonar su pueblo así estuviera en ruinas, solicitaban que se reconstruyera en el mismo lugar o en un terreno vacío, gracias a la insistencia de las personas se llegó a un acuerdo de moverlos a Guayabal un pequeño corregimiento que hacía parte de “La ciudad Blanca” como llamaban a Armero por los grandes cultivos de algodón.

La voz de los sobrevivientes

Fotografía por: Marianna Murcia

Una de las personas que más luchó para que esto se hiciera realidad fue Ana Lucila Delgado Mendoza una de esas heroínas silenciosas, alejada de los focos de las cámaras, luchó contra viento y marea para lograr reconstruir lo que hoy es Guayabal Armero. No solo se puso a disposición para ser una de las voceras frente al gobierno, gracias a que había sido concejal, también puso sus brazos para ayudar a los que la necesitaran en los momentos de la tragedia.

«Fui y me puse tres pantalones, varias camisas y chanclas porque en ese momento no tenía y salí para la calle a ver qué podía hacer, cuando iba por la esquina escuché la voz de una mujer que se quejaba mucho, fui a mirarla y era una enfermera del psiquiatra, ella era de Manizales y era gorda, tenía un pelo muy bonito, pero cuando me acerque tenía el cuero cabelludo en la nuca, la cabecita la tenía toda pelada, y sus piernas tenían muchas cortaduras abiertas y profundas, yo fui por agua y volví, le quite el lodo y le lave la cara, le volví a acomodar su pelo, en las heridas si no le pude hacer nada, la arrope con unos costales, cuando me iba a ir me paso un número de teléfono y me dijo que era de su familia que por favor llamara para avisarles, no le pude prometer nada porque en ese momento estábamos totalmente incomunicados.»

El olor a Azufre se hacía más fuerte mientras caminaba por los escombros y el lodo, las calles también estaban llenas de cadáveres, Ana Lucila ayudaba a todas las personas heridas que podía.

«Cuando seguí caminando me encontré con el gerente de la Caja Agraria que estaba con la empleada y su hijo, porque la mujer había quedado atrapada en los escombros, entonces yo le ayudé e hicimos una camilla improvisada y la fuimos a buscar, en el camino vimos a un señor que había quedado en el medio de cuatro planchones, tratamos de ayudarlo pero era imposible, con cualquier movimiento que hacíamos solo lo lastimábamos más, seguimos porque la muchacha estaba más abajo, yo ya tenía los pies quemados, pero en ese momento no importaba, la encontramos, la pusimos en la camilla y la llevamos a la casa.»

En medio del desastre la Defensa Civil dio la orden de evacuar el lugar, Ana Lucila no pudo rescatar nada de su casa, solo lo que llevaba puesto, lo que no se llevó la avalancha se lo acabaron de llevar personas que saquearon las casas buscando objetos de valor entre las ruinas. Mientras iba en el helicóptero observó que el barrio donde vivía su familia estaba totalmente destruido, al sentir que se había quedado sola pensó por un momento en acabar con su vida tirándose del helicóptero, pero un soldado la detuvo y le recordó que debía cuidar a su nieta de seis meses que llevaba en sus brazos.

Dos de sus hijas que vivían en Cúcuta llegaron para llevarla con ella, pero Ana se negó, les entregó a sus nietos para que se los llevaran y luego se desplazó rumbo a Ibagué, allí se instaló en un colegio con otros armeritas, ella cocinaba para todas las personas de ese lugar, en Ibagué se reunió un par de veces con el entonces senador Alberto Santofimio, abogando junto a otras personas para que reconstruyeran Armero en el mismo lugar, o en un terreno completamente vacío, después de varios meses de insistir y organizar marchas pacíficas lograron negociar y Armero se reconstruyó en el corregimiento de Guayabal, adoptando el nombre de Guayabal Armero.

Hoy Ana Lucila vive acompañada de Luna, una pequeña perra de raza Schnauzer de color blanco en una casa del barrio Ayudémonos, uno de los tantos barrios que entregó el gobierno a los sobrevivientes “Yo únicamente recibí esta casa, nunca recibí un peso ni una ayuda de parte del gobierno, e incluso me querían callar la boca amenazándome, debido a que me negaba que nos trasladaran para Lérida”

El Papa Juan Pablo II visitó la zona meses después y la declaró como campo santo, las visitas de los turistas son frecuentes y muchos de los sobrevivientes viven de esto, la unión y el cariño que tienen los armeritas por su pueblo es una prueba de perseverancia, a pesar de los tristes recuerdos que no se van de las mentes, sienten que haber reconstruido el lugar donde nacieron y crecieron es la mejor manera de honrar las personas que ya no están.

“Que mi bendición que os doy en el nombre de Dios Omnipotente Señor de la vida y de la historia os infunda nuevas energías para seguir en vuestro caminar con decisión, con entereza, con esperanza cristiana” Discurso del Papa Juan Pablo II en 1986 tras visitar Armero.

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