El cafetín de la calle 21


“Cuando se sienta muy importante dese una vueltica por el cementerio y vera allí gente más importante que usted y el mundo sigue igual”, así fue el recibimiento de El Cafetín, que se encuentra en la veintiuna entre séptima y octava, en el centro de Pereira tras de la catedral.

La fachada del cafetín es de aspecto antiguo, dividido por dos columnas que están recubiertas con madera, de terminación oscura, barnizadas y más arriba se encuentra el aviso de Pilsen, que a un lado tiene escrito El Cafetín. Al entrar, pienso que luego de tomar asiento, a mi lado se posara una chica gorda de tacones altos, preguntando si quiero compañía, dicho pensamiento no se hace realidad. Tomo asiento en la penúltima mesa del lado derecho, bajo el televisor de plasma y pido una cerveza.

El ambiente del lugar es melancólico. El destello de las lámparas es amarillo y tenue, las sillas son de estilo antiguo, tapizadas en cuero amarillo, agrietado y sucio. Mirando detenidamente, entre las hendiduras, se ven manchas de grasa, dejadas por los años y tantas penas que se han sentado. Hay quince mesas, de tablero circular con acabado en marfil, su circunferencia es adornada con un aro metálico de franjas y cada mesa es acompañada a ritmo de tangos por cuatro sillas.

El tipo de la mesa de en frente, llama a Fernando que va por la calle, él alega que lo busca desde la una de la tarde, Fernando toma asiento y se disculpa, aplaude al aire, a su llamado atiende la mesera que luego de un rato vuelve con una Águila Light y un vaso.

Observando a Fernando, a su lado me llama la atención las paredes del cafetín, veo que están divididas por una cenefa de madera. Del piso hasta la mitad de la cenefa, hay pegado un tapete de textura rugosa, que sin el menor reparo esta también barnizado, luego de la mitad de la cenefa hacia el techo la trama se hace más interesante, la pared está recubierta por espejos cuadrados, que juntos pareciera que formaran la trama de un tablero de ajedrez. Unos de color café, como el carey y otros de tono negro oscuro. Pegados frente a los espejos, hay cuadros de importantes cantantes de tango, Carlos Dante, Roberto Ray, Carlos Roldan, en especial este está autografiado, a una tal Marta. En la pared del otro lado del Cafetín, llama la atención un aviso pegado en los espejos, “Los tres grandes del tango”, en la mitad de los retratos, esta sonriente, a blanco y negro, Carlos Gardel, cantante Argentino, que muere en Medellín en la década del los treinta.

Son las cinco de la tarde y El Cafetín rebosa de vida. Las mesas son ocupadas por botellas vacías y conversaciones escuetas. Los tipos frente a mi mesa sacan dinero y aplauden al aire, queriendo más cerveza.

Al mirar arriba, el techo del cafetín es de madera barnizada, de acabado terroso, dividido por listones de color blanco, que forman cuadrados que van hasta la barra, que esta tapizada en cuero amarillo. Ya en el mostrador el techo es recubierto por cuero negro, remachado, del cual se sostiene un aviso de neón, que alumbra tintes rosados “El Cafetín”. Bajo el aviso de neón, esta la antigua máquina registradora, a su lado izquierdo, trabaja un ventilador a toda máquina, que en su ardua labor, es acompañado por la nevera y una cafetera de gran tamaño, metálica, que coronada en su domo tiene un ave en bronce que alza el vuelo.

Más allá de la barra, en anaqueles, hay gran cantidad de acetatos, cada uno en su estuche y al lado derecho, en la pared, descansa un teléfono de monedas color rojo, junto a él, está la puerta corrediza por donde entran y salen las meseras.

“En el viejo Paris, recuerdo la angustia del adiós”, resuena la música y entra una mujer de blusón amarillo y pantalones verdes, de gruesa figura, tacones altos y cabello dorado; varios hombres que miraban a la calle, voltean sus rostros para ver tan bella escena, que a su paso deja miradas de deseo y una estela de perfume dulce.

Olores van y vienen en El Cafetín, como los autos en la calle 21. El café, la loción de las meseras, las babas, sudor, la cerveza fría, todo un microcosmos de sensaciones, las conversaciones, las voces de los hombres, el aire encerrado, entre cuadros y espejos, acompañados por tangos, “Ahora que conozco la ciudad… sueños… luche como varón para conseguir mis sueños”.

Las seis de la tarde marca el reloj, los tipos frente a mi mesa han tomado ocho cervezas, tres Póker, dos Costeñas y tres Águila Light. El Cafetín es invadido por vendedores ambulantes que se acercan a las mesas, “chicles… chicles”, “lleve la linterna”.

Después de verlos pasar pido otra cerveza, se acerca la mesera, es gorda, usa pantalones apretados, un corsear blanco, que hace ver sus tetas a punto de vomitar, grandes y apretadas. Su cabello es negro azulado, largo y ondulado. El rostro es frio y pálido, que adornado con mucha pestañina, la hace ver sombría y maquinal. Traer mi cerveza y otra que deja en la primera mesa del lado derecho, al lado de la entrada, en donde se sienta un hombre de sombrero y mirada deseosa, el cual la hala e intenta besarla, tan oscura, tetona y apretada.

El hombre que está a mi derecha, en la mesa contigua, mira perdido el ir y venir de la gente. Ha tomado cuatro cervezas, su camisa es de mangas cortas, de color negro, sus pantalones son azules y abraza con gran fuerza un maletín, que sin importar si es a fumar o al baño, deja de abrazar.

Luego de dos cervezas y unos cuantos tangos, dejo atrás El Cafetín de la calle veintiuna, con libreta y recuerdos vivos, de un lugar que esconde un secreto, cautivador y esperanzador, que hoy día sigue atrayendo penas y conversaciones.

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