El trance desde el «lugar».


“Existe un cierto pudor en la forma en cómo se vive la fiesta, nadie procura sobrepasar la frontera de lo concebido como “lobo”,  las mujeres no se quedan en sujeta bustos, los hombres no se descamisan. Todos vigilan sus movimientos. No hay nadie con un atuendo fuera del concebido por las grandes marcas de la moda del vestido”.

La música que se produce por modos electrónicos está transformando los sonidos de los lugares. Lo que se denomina comúnmente como música electrónica no es sino el conjunto de géneros que se construyen a partir de la producción digitalizada. El trance es claramente uno de esos géneros que desde inicios de los años noventa revolucionó parte de la cultura popular[1]-juvenil europea. ¿Colombia tiene  poco tiene que ver con la producción y las nuevas formas de sentir que despierta éste?

Hay que partir de la cuestión que, en términos analíticos, ni la música electrónica ha sobrepasado su  masa crítica en la nación, esto es, la difusión de su escucha frente a las músicas de ritmos tropicales, no ha superado el nivel de inserción necesario en la sociedad, aquel que abra camino a la apropiación y la inveción de las industrias y productos culturales ; ni el trance es el género músico-electrónico que más se difunde, se escucha y se baila por entre los pequeños[2] movimientos músico-electrónicos de las regiones del país. Lo que avoca a pensar, por un lado, el peso específico de la matriz cultural a la que remite la expresión de su música en Colombia, y la industria cultural que circula  un producto pos productivo[3].

El trance cuando usa “vocals” en sus creaciones se vale de la lengua inglesa para expresar los valores que vehicula. De allí un obstáculo fundamental de ese tipo industria. Pues la barrera lingüística no es tanto un muro para las generaciones jóvenes de unas clases altas que bilingües retoman los productos de la industria popular europea, como para unas clases medias y bajas que hacen de la apropiación de la música techno un rechazo hacia el trance. La cuestión no se reduce a las  estructuras sociales sino en toda una operación de resistencia de los lugares a donde las industrias culturales y sus conciertos no llegan precisamente por la no superación de la masa crítica a la que se aludía y su no rentabilización.

El trance en Colombia es una industria cultural que circula primordialmente  en las principales ciudades del país. Tal vez sea en Bogotá y en Medellín, donde la que experiencia que desata su

difusión se halla  más extendida.   Cuando hablamos de lugar hacemos referencia a una categoría en la que el  territorio colombiano con las caracteres propios de las diferentes regiones está atravesado por la temporalidad que impone la mundialización de la técnica en nuestros pueblos, la conformación de una cultura que emerge entorno a la figura de  una técnica que se ha mundializado[4]. Es a mi modo de ver, desde el imaginario que produce éstas músicas como catalizadoras de la modernidad y de una nueva forma de sentir que se convierte en experiencia mundial que desde los lugares se apropia y se resiente unas músicas que insertas en la vida cotidiana de cierta parte de las generaciones jóvenes, vehiculan imaginarios mundiales, en torno a valores «antiguos» como «modernos».

Repasemos un escenario de apropiación a partir del rito que plante un rave[5] de trance. En Colombia, los movimientos de los cuerpos se recrean danzando sobre el eje de un perímetro en oposición “al baile aeróbico y suelto” que produce la experiencia en Pacha New York o en Privilege de Ibiza. Dentro del resquebrajamiento en la identidad cultural  que comporta en estas tierras la identificación con la música trance, en el cuerpo perviven señasde otra forma de apropiar y sentir la música. Pues aunque en medio del baile los brazos se alzan y las manos mueven los dedos en referencia al tremor que produce la  música, no se ven movimientos donde los brazos circulen por el espacio flotante en formas complejas formando figuras en torno a los círculos, triángulos y corazones. Existe un cierto pudor en la forma en cómo se vive la fiesta, nadie procura sobrepasar la frontera de lo concebido como “lobo”,  las mujeres no se quedan en sujeta bustos, los hombres no se descamisan. Todos vigilan sus movimientos. No hay nadie con un atuendo fuera del concebido por las grandes marcas de la moda del vestido[6].

En el baile, pues se hace manifiesto el lugar, la forma como desde el lugar se vive el trance. Del como la industria cultural, que procura una experiencia mundial se particulariza y adquiere los rasgos de las culturas populares, de las clases y de las competencias culturales.

Continuará….

 


[1] Entendemos por lo popular, con Martín-Barbero, como el  espacio que se produce en el entrecruce de la modernidad tecnológica con las lógicas culturales locales, y sus respectivas hibridaciones y resistencias.

[2] En adelante las palabras en cursiva están indicando un sentido metalinguístico.

[3] Tomamos el término que Scolari en la Teoría de las Hipermediaciones, atribuye a la producción en la comunicación digital-interactiva, pues djs remixan en sus presentaciones diferentes canciones de diferentes creadores pos productivos, a las que le ponen efectos y les acortan los tiempos.

[4] El concepto de mundo como figura histórica mediada por la técnica y del lugar aquel que marca la identidad desde las peculiaridades de la experiencia son tomadas de Martín-Barbero en el “Oficio de Cartógrafo: Travesías Latinoamericanas de la comunicación en la cultura (Martín-Barbero, J. 2003).

[5] Rave, es el término como se denomina a las ritos festivos configurados con base a los productos culturales y géneros populares dentro de los que se produce el trance. Decimos popular, por la forma de entender  la cultura a partir de la dinámica de los medios masivos, propuesta por Martín-Barbero.

[6] La descripción que se hace está basada en las observaciones tomadas de una fiesta trance en Bogota, el 30 de agosto de 2013.

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