“De lo único que no me arrepiento en mi vida, es de haber matado ese malparido”


Por: Lorena Rodríguez Arango

 

Hoy, me encuentro aquí detenida, sufriendo por no tener a mis hijos, pagando una a una todas las deudas que he contraído con mi propia conciencia y suplicándole a Dios, para que algún día me pueda perdonar; y, me respeta la expresión, pero de lo único que no me arrepiento en mi vida, es de haber matado ese malparido.

Tal vez lo que cuenta Teresa Suarez, no guarda un orden perfecto en la relación de los acontecimientos de su vida; tan pronto como recuerda eventos de su niñez, relata episodios de su juventud y de su vida actual; pero en todo cuanto dice, hay tantos sentimientos de tristeza y de arrepentimiento, que hasta sus compañeras de patio se conmueven y todas a su manera hablan de Dios, convencidas de que en él está la verdadera justicia.

De su infancia, recuerda las madrugadas a moler el maíz para hacer las arepas, tenía que ayudar a ordeñar las vacas, regar las plantas y preparar el desayuno para los cuarenta o cincuenta trabajadores que salían muy temprano a realizar todas las tareas de la finca.

Eran días de nunca acabar; cocinar, lavar, alimentar los animales y ayudar en todos los quehaceres.

Tal vez tenía ocho o nueve años, era la tercera de siete hermanos y la primera mujer en su familia.

Elkin, su hermano mayor siempre la protegía, la cuidaba y era su mejor amigo, con él, corría entre los árboles, se bañaba en la quebrada, jugaba a la lleva, a las escondidas y  con quien se sentaba todas las tardes a remendar su ropa y a partir corozos. En las noches, tomaban algo de merienda, y después, todos se sentaban alrededor de su madre para escuchar interminables rosarios.

“Temía tanto a la oscuridad y solo aquellas pequeñas luciérnagas lograban calmar mi angustia”. Muchas veces, su sueño era interrumpido por los gritos de su padre, quien después de llegar borracho, insultaba a su madre, la golpeaba y ella sólo decía –Silencio que despierta los niños. “Elkin y yo, nos abrazábamos temblando de miedo, con nuestros ojos llenos de lágrimas y con las almohadas tapábamos nuestras bocas para que nadie nos escuchara”.

Así, pasaron muchos días, semanas y meses, hasta que un día la muerte se llevó a su padre, fue entonces, cuando María, su madre, pudo descansar de tantas golpizas y sus hermanos y ella, pudieron recobrar el sueño.

Poco duró aquella calma, “con el tiempo fuimos perdiendo todo”, como lo manifiesta, su madre murió y Teresa y sus seis hermanos, tuvieron que tomar diferentes rumbos. A sus dieciséis años comenzó a trabajar en una finca cercana, haciendo lo único que sabía. Compartía con una familia numerosa y siempre habían niños correteando por todos los alrededores.

“Desde aquel día, no dejaba de pensar en mi hermano, lo extrañaba tanto”.

Una tarde, después de terminar su labor, se preparaba para descansar, cuando de repente, sintió el galope de un caballo, había llegado de visita un hombre de unos treinta y cinco años aproximadamente, su mirada era triste, y al saludar a los dueños, les contó de la trágica muerte de su esposa y lo preocupado que estaba porque no tenía con quien dejar a sus dos hijos.

“Fue así como terminé trabajando en la finca de aquella familia, luego, me casé con Francisco y sus dos hijos se fueron a vivir con su familia materna. Mi primer hijo Juan, nació cuando apenas había cumplido dieciocho años, luego nació Martin y dos años después Antonio.”

Sin embargo, tristemente parecía que el maltrato fuera parte inevitable de su destino.

“Sentía que se repetía la historia, comencé a comprender y a experimentar en carne propia el sufrimiento de mi madre”.

Francisco, resultó ser como Ramón, su padre, llegaba borracho y abusaba de ella, la golpeaba, la amenazaba e insultaba.

“Muchas veces intenté terminar con mi vida y con la de mis hijos, pero me faltó valor”. Recordaba los consejos de su madre –Debes ser buena, laboriosa, honrada y sumisa.

Cierto día, recibió el mejor regalo de su vida, su hermano, su mejor amigo, su compañero de travesuras había llegado de visita. Elkin no tardó mucho en darse cuenta lo cruel que era la vida de su hermana y lo desesperaba que estaba. Teresa le rogó que no se fuera, y como el trabajo había aumentado, convenció a Francisco para que le permitiera quedarse con ellos- Y como un milagro de Dios, aceptó, grita con euforia Teresa.

 

Sus días se tornaron más tranquilos, pero sus noches continuaban siendo tormentosas; le faltaban fuerzas para seguir luchando; una noche en la que llovía sin parar y los rayos caían entre los árboles, Elkin y Teresa se dieron cuenta que querer no siempre es bueno, su madre los crío con valores, y adorar a Dios, amar y respetar a sus padres y querer al prójimo eran sus leyes principales, sin embargo, había algo entre ellos que no lograban entender y algo que les decía que quererse entre hermanos es un delito.

“Comenzamos a convivir como marido y mujer, me sentía realmente enamorada”, se cuidaban de Francisco y de sus hijos para sus demostraciones de afecto, y aunque todo parecía inmoral, para ellos no tenía nada de indecente. Teresa se preocupaba por mantener su hogar limpio y arreglado para la felicidad de Francisco, la tristeza ya no habitaba en su hogar, y la carencia de amor la había llenado Elkin, -Me sentía preparada para ver crecer a mis hijos.

Luego, comenzó la pesadilla

 “Había aprendido que la vida es sagrada y conocía de memoria el quinto mandamiento ¡No matarás!”.

Aquella noche, como en repetidas ocasiones, Francisco llegó con violencia, muy borracho, exigiendo sus ‘deberes’ como esposa, -Sentía toda la fuerza de su cuerpo, su aliento a licor me hacía estremecer, yo solo trataba de controlar mis deseos de gritar. De pronto, su hermano apareció y con un machete lo atacó por la espalda poniendo fin a sus días.

“Todo fue tan rápido como pudimos y evitando hacer ruido, lo envolvimos en una manta y luego en un plástico, ayudados con una carretilla, caminamos largo rato, hasta encontrar un barranco, por donde lo arrojamos”, convencidos de que si lo encontraban, las autoridades creerían que había sido víctima de delincuentes comunes.

Regresaron a casa casi al amanecer, y todo transcurrió como un día normal, Juan, Antonio y Martín fueron a la escuela, y Elkin y Teresa revisaron todo cuidadosamente para no dejar ningún rastro que pudiera servir como evidencia, sin embargo, Teresa se sentía culpable, -Comenzaban a faltarme las fuerzas, veía constantemente el rostro de mi esposo, no conseguía estar en paz.

Después de dos días, un oficial de policía, llego a casa de Teresa, diciendo que debía ir al hospital, pues habían encontrado un cadáver que podría ser el de su esposo y que debía identificarlo, ella, se mostró sorprendida y angustiada. Al llegar y ver a Francisco en un estado de descomposición, se llenó de miedo y comenzó a llorar inconsolablemente. Una trabajadora social se acercó y le dijo que un psicólogo iría  a recoger a sus hijos para llevarlos a casa y darles la triste y tormentosa noticia.

 

*

Miradas de recelo sobre mí, pues sabía que estaba en un sitio que quizás tiene dueño, mujeres caminando de un lado para otro con su rostro marcado por las líneas que otorga el tiempo, ayudadas por el  dolor, la  angustia, la tristeza y desolación, en sus ojos, pretenden transmitir miedo. Solo se ve reflejado ese grito que pueden hacer desde lo más profundo de su ser, ese de no saber por qué la vida les juega estas malas pasadas.

Mujeres que por situaciones de la vida están en este sitio, arreglando cuentas con el estado, el mismo que les proporciona instalaciones, para aquellas que son madres o que pronto lo serán, compartan con sus hijos en espacios adecuados para esta dispersión. Sin embargo, no es nada sutil, pues para donde quiera que se mire, se ve una reja o una guardia, con su presencia recordando donde está.

…Y ahí estábamos,  en el patio A de la cárcel La Badea de la ciudad de Pereira,   nuestro paisaje, un atardecer de celdas, tomando asiento en unas sillas de plástico en el rincón de las cancha; todo monocromático, hasta sus palabras, pues la tristeza nunca se apartaba de su lado, era ‘libre’,  pero la vida todo lo cobra, ahora no podía estar cerca a sus hijos.

Solo Dios sabía lo que estaba por venir. 

Cuando Marcela, la psicóloga recogió a los niños y los llevaba a casa, en el largo trayecto, les contó que su padre había sufrido un grave accidente y se había ido al cielo, a lo que Juan, hijo mayor de Teresa contesto: -Mi papá no tuvo ningún accidente, mi mamá y mi tío lo mataron. Contó con detalles lo sucedido y de inmediato Elkin y Teresa fueron retenidos y sus tres hijos fueron llevados al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar.

“Hoy, me encuentro aquí detenida, sufriendo por no tener a mis hijos, pagando una a una todas las deudas que he contraído con mi propia conciencia y suplicándole a Dios, para que algún día me pueda perdonar; y, me respeta la expresión, pero de lo único que no me arrepiento en mi vida, es de haber matado ese malparido”.

Comparte la publicación
Tweet about this on TwitterEmail this to someonePin on PinterestShare on Google+Share on TumblrShare on LinkedInShare on Facebook

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>