A los tatuajes


De nuevo estoy aquí sentado oyendo el ruido de la máquina, hace como una chicharra que no te orina, pero sí que chuza.

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Por: Steven Morales Palacio

El gusto por los tatuajes se adquiere con el tiempo. Se hace uno el primero y piensa que es suficiente, pues el dolor padecido es intenso, pero con los días las cosas van cambiando. El dolor se olvida y surge de nuevo el deseo, minúsculo pero está ahí.

¿Qué vendrá después?, un cuervo, un gravado, es cuestión de tiempo. De darle días a la idea hasta que deja de serlo y se vuelve trazo; de nuevo estoy aquí sentado oyendo el ruido de la máquina, hace como una chicharra que no te orina, pero sí que chuza.

De nuevo el dolor, las suplicas que añoran el final. Este no llega, el zumbido no mengua y el alma se agota, cuando de repente todo se detiene. “Hemos terminado” -exclama el artista-.

Uno se pone en pie y sale con el alma acabada, satisfecho por haber aguantado, pero maldito por dentro. Hasta la próxima sesión.

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